Os contaré algo sobre mí: siempre he sido alguien con poca autoestima. Es así, no sé si porque nací así o porque las circunstancias de mi vida me han hecho ser como soy: lo único que sé es que nunca me he sentido nadie demasiado importante, sino más bien al contrario, como alguien bastante prescindible. Siempre he creído que mi presencia sobra, que no soy nada que no pueda ser cualquier otra persona, que no soy para nada especial. No es porque sea alguien humilde o, como me han llegado a decir, es un papel que adopto para que otras personas se sientan mejor consigo mismas. No: cuando me menosprecio, lo hago de verdad.
Tengo defectos. No me preguntéis cuales, porque no quiero entrar ahí en este momento, pero los tengo. A mi parecer más que virtudes, porque que yo sepa sólo tengo una que realmente me haga diferente a los demás, y es mi capacidad para coger a una persona con la moral más baja del mundo y subírsela hasta el lugar que le corresponde, ni más ni menos. Muchas han sido las personas que han confiado en mí en ese aspecto, y pocas, muy pocas, a las que he fallado. Todas ellas tendrán un lugar especial en mi corazón, pase lo que pase, y algún día me gustaría que supieran que les debo mucho más de lo que ellas puedan deberme a mí, puesto que confiaron en mí para semejante tarea.
Me siento orgulloso de ello, ¿sabéis? De tener esa capacidad. No sé cuánta gente más pueda tenerla, lo único que sé es que yo la tengo. Mis demás virtudes... pues la verdad es que no son para tanto. Cualquiera puede hacer reír, y muchos lo harán mejor que yo. Escuchar también lo hace cualquiera con dos oídos, y la locura es algo cada vez más común en este mundo, para bien o para mal. Tal vez sepa escribir medianamente bien, pero eso no significa nada en un mundo en el que para ser escritor no basta con estar por encima de la media.
El caso es que pienso... Y mucha gente ha recurrido a mí en algún momento. Todas ellas son importantes para mí, no importa si hablamos día tras día o si hace más de un año que no mantenemos una triste conversación por el chat del Tuenti: lo importante es que esa gente siempre me tendrá ahí, y yo también a ellos. Son gente que, en el más que improbable escenario de que alguna vez pida ayuda tras hundirme, no dudarán un segundo en tenderme su mano para que me agarre a ella y, entre los dos, pueda volver a ver la luz. Sé que si alguna vez hago algo así, será porque estoy realmente desesperado: pero sonrío al pensar que tengo a toda esa gente a mi alrededor, si alguna vez se rompiese esa barrera.
Porque no sólo hablo de esa gente a quienes he ayudado, y que no dudarían en ayudarme. No: hablo también de mis amigos, por ejemplo. Hablo de toda esa gente que sonríe cuando nos encontramos, una vez al mes, en alguna fiesta, pero que sé que estarían ahí más allá de ese encuentro puntual. Hablo de tíos increíbles, grandísimos, las mejores personas que pueda uno conocer, ¡y que me consideran uno de ellos! No me gusta decir nombres y no lo haré, pero en serio, se me viene mucha gente a la cabeza, gente con la que siempre puedo y podré contar. Gente que incluso, a pesar de haber cometido errores, sigue sonriendo cuando aparezco en escena. ¿Hay algo más grande que eso, que ser rico de verdad? Dinero hay mucho en el mundo, y aunque no me sobra, tengo más del que pueda necesitar. ¿Pero gente tan grande y que te considere tan grande, que te aprecie hasta el punto de no dudar en llenarse las manos de mierda para sacarte de ella? Hay muy poca, y yo tengo la suerte de contar con mucha más de la que nunca pude soñar.
Podría enrollarme aquí diez párrafos más, pero sería dar vueltas a lo mismo. Sólo quería dejar claro una cosa con respecto a mí mismo: siempre he sido alguien con poca autoestima. Pero gracias a toda esa gente, poco a poco voy pensando que quizás me equivoque y no sea tan malo como pienso. Tanta gente... y no gente cualquiera, tanta BUENA gente, personas impresionantes que me hacen sentir afortunado por estar ahí para lo que necesiten, no pueden equivocarse. No puedo despreciar sus buenas palabras hacia mí, porque hacerlo sería despreciar su juicio, y no puedo. Así que, tal vez, y sólo tal vez, deba pensar que son los pocos que no quieren mi compañía los que se equivocan. No por mí, sino por respeto a toda esa gente, gente a la que quiero y que me hacen ser la persona con más suerte del mundo. No sé si vosotros pensaréis igual que yo, pero a mi entender, la grandeza de uno mismo se mide en base a la grandeza de la gente que te quiere a su lado. Y si eso es verdad... Dios, debo ser grande. Realmente grande.