24 julio, 2012

Segundo tras segundo


Volveré a aquellos días en los que intentaba olvidarme de todo, incluso de mi; aquellos días en los que soñaba con dar marcha atrás al reloj y marcha adelante a mi vida mientras forzaba mi cuerpo hasta el límite, corriendo sin parar sin avanzar un solo paso, mostrando al mundo aquella triste metáfora de mi vida.

Volveré a aquellas largas noches llenas de alcohol, mujeres y drogas, como si correr una cortina fuese suficiente para dejar de ver la tristeza en la que me dejaste sumido; volveré a aquellas noches en las que no paraba de bailar, rodeado de cientos de personas que poco a poco me robaban mi tiempo, mi identidad y mis sueños: todo menos mi soledad.

Volveré a aquellos días aburridos e insulsos, a aquellas noches mirando la luna esperando respuestas para miles de preguntas que nunca dejan de llegar. A aquellos días que pasan en un suspiro, a aquellas noches largas como la eternidad. Meses que pasan uno tras otro, llevándose por delante mis días vacíos y mis corazones llenos.

Volveré a huir de aquella manera, la que llevo intentando desde hace años y que no me ha alejado de ti ni un solo centímetro. Volveré a mirar todos esos coches, esos trenes y esos aviones, con la esperanza de que ellos puedan llevarme a cualquier otra parte, a una en la que tú no existas, en la que tu recuerdo no me atormente segundo tras segundo. A un sitio en el que cuando quieras dejar algo atrás, baste con huir.

19 julio, 2012

Velocidad


60 km/h. En mi pequeña vespa, disfrutaba del entorno. A mi derecha, el Coliseo Romano, ruina de tiempos antiguos, tiempos mejores y peores, tiempos pasados. Como yo mismo, el Coliseo era admirado por lo que fue, y no por lo que era en ese momento. Por lo que representaba, por lo que una vez hubo en su interior, por su historia. Por lo que decía aun sin poder hablar, por la sangre que aún hoy sus paredes rezumaban. El vestigio de un pasado que no volverá, un edificio en franca decadencia, una ruina que muchos admiraban. El Coliseo, viva imagen de mi alma.

120 km/h. En mi Honda de 500cc, disfrutaba de la carretera. Bajando por la ladera de aquella montaña suiza, con la única compañía del viento, de mi fiel montura y del asfalto, pensaba en lo que me llevó a aquella situación. Yo, que una vez lo tuve todo, ahora me veía sin nada. Tan sólo me quedaban la libertad que me proporcionaba aquella motocicleta que llevaba conmigo desde los 18 años y el poco talento que pudiera correr por mis venas. Y la suerte, por supuesto. Esa nunca me abandonó. Aún hoy, es lo único que me salva de tener un accidente en esta escarpada carretera de montaña.

180 km/h. En mi Ford Escort, disfrutaba de la vida. La vida de aquel París que veía en todo su esplendor, incluso a esas velocidades. La vida que sentía por mis venas cuando corría, por mis propios medios o gracias a artilugios de mayor o menor complejidad. La que sentía cuando escribía día tras día, sin parar, con aquella fiebre que no sabía de dónde venía, pero que me daba la vida. Una enfermedad que me daba la vida. Curioso. Como mi vida en general, supongo. Ya nada tenía sentido ni razón de ser. Mis carreras. Mis textos. El mundo entero, conmigo a la cabeza.

240 km/h. En mi Porsche Carrera, disfrutaba del riesgo. La emoción de quien no sabe lo que le espera mañana, ni hoy, ni aún la próxima hora. El riesgo formaba parte de mi vida: es más, el riesgo era mi vida. La chispa que la encendía, como encendía la mezcla de aire y combustible que permitía que aquel automóvil fuera a casi el doble de la velocidad recomendada en aquella autobahn. Sabía que no debía correr de esa manera, pero a estas alturas de mi vida no me importaba nada. Una multa sólo era dinero. Un tiempo en la cárcel sólo sería una experiencia más en mi caótica vida. Y un accidente... bueno, tal vez fuera la solución definitiva a mis problemas.

300 km/h. En mi monoplaza de competición, disfrutaba de mis recuerdos. Aunque pensándolo bien, disfrutar no era precisamente la palabra que estaba buscando. Más bien, se clavaban en mi mente como lanzas de acero. Mi mente ardía, mi corazón dolía y mi cuerpo permanecía rígido y alerta, lleno de adrenalina, yendo a aquella velocidad absurda incluso para aquel bólido preparado para ir hasta los extremos, extremos que me daban la rabia y el coraje necesario para desarrollar mi talento. Aunque pensándolo aún mejor, coraje no era la palabra que estaba buscando. Era imprudencia. Insensatez. Locura. Aunque más que la mía, la de aquellos que aún buscaban en mi alma, como en el Coliseo, aquella sangre que me había convertido en lo que ahora soy.

05 julio, 2012

A estas alturas del juego


A estas alturas del juego ya no sé si debo correr o esconderme. Saltar o gritar, perseguir o huir, buscar o ser buscado. Hace tanto que comenzó este juego que ya olvidé sus reglas.

Cada uno da su opinión, me dice lo que debo hacer basándose en sus propias reglas. Pero esas reglas no son las mías, nunca lo fueron y nunca lo serán. Yo juego bajo mis propios términos; el problema es que ya no recuerdo cuáles son. Un error fatal que me costará volver a caer en la derrota una vez más. Una derrota que no puedo permitirme esta vez. No hoy. No aquí.

A estas alturas del juego ya no sé si debo hablar o cerrar mis labios para siempre. De mi decisión dependerá el resto de mi vida, el resto de este juego en el que no queremos seguir las reglas hasta que las olvidamos.