60 km/h. En mi pequeña vespa,
disfrutaba del entorno. A mi derecha, el Coliseo Romano, ruina de tiempos
antiguos, tiempos mejores y peores, tiempos pasados. Como yo mismo, el Coliseo
era admirado por lo que fue, y no por lo que era en ese momento. Por lo que
representaba, por lo que una vez hubo en su interior, por su historia. Por lo
que decía aun sin poder hablar, por la sangre que aún hoy sus paredes
rezumaban. El vestigio de un pasado que no volverá, un edificio en franca
decadencia, una ruina que muchos admiraban. El Coliseo, viva imagen de mi alma.
120 km/h. En mi Honda de 500cc,
disfrutaba de la carretera. Bajando por la ladera de aquella montaña suiza, con
la única compañía del viento, de mi fiel montura y del asfalto, pensaba en lo
que me llevó a aquella situación. Yo, que una vez lo tuve todo, ahora me veía
sin nada. Tan sólo me quedaban la libertad que me proporcionaba aquella
motocicleta que llevaba conmigo desde los 18 años y el poco talento que pudiera
correr por mis venas. Y la suerte, por supuesto. Esa nunca me abandonó. Aún
hoy, es lo único que me salva de tener un accidente en esta escarpada carretera
de montaña.
180 km/h. En mi Ford Escort,
disfrutaba de la vida. La vida de aquel París que veía en todo su esplendor,
incluso a esas velocidades. La vida que sentía por mis venas cuando corría, por
mis propios medios o gracias a artilugios de mayor o menor complejidad. La que
sentía cuando escribía día tras día, sin parar, con aquella fiebre que no sabía
de dónde venía, pero que me daba la vida. Una enfermedad que me daba la vida.
Curioso. Como mi vida en general, supongo. Ya nada tenía sentido ni razón de
ser. Mis carreras. Mis textos. El mundo entero, conmigo a la cabeza.
240 km/h. En mi Porsche Carrera,
disfrutaba del riesgo. La emoción de quien no sabe lo que le espera mañana, ni
hoy, ni aún la próxima hora. El riesgo formaba parte de mi vida: es más, el
riesgo era mi vida. La chispa que la encendía, como encendía la mezcla de aire
y combustible que permitía que aquel automóvil fuera a casi el doble de la
velocidad recomendada en aquella autobahn. Sabía que no debía correr de esa
manera, pero a estas alturas de mi vida no me importaba nada. Una multa sólo
era dinero. Un tiempo en la cárcel sólo sería una experiencia más en mi caótica
vida. Y un accidente... bueno, tal vez fuera la solución definitiva a mis
problemas.
300 km/h.
En mi monoplaza de competición, disfrutaba de mis recuerdos. Aunque pensándolo
bien, disfrutar no era precisamente la palabra que estaba buscando. Más bien,
se clavaban en mi mente como lanzas de acero. Mi mente ardía, mi corazón dolía
y mi cuerpo permanecía rígido y alerta, lleno de adrenalina, yendo a aquella
velocidad absurda incluso para aquel bólido preparado para ir hasta los
extremos, extremos que me daban la rabia y el coraje necesario para desarrollar
mi talento. Aunque pensándolo aún mejor, coraje no era la palabra que estaba
buscando. Era imprudencia. Insensatez. Locura. Aunque más que la mía, la de
aquellos que aún buscaban en mi alma, como en el Coliseo, aquella sangre que me
había convertido en lo que ahora soy.