Levanto mis ojos y miro a los suyos.
Ya no veo en ellos la ventana abierta que solía ver: sólo alcanzo a ver el
reflejo translúcido de mi propio ser, agotado y demacrado tras tantos y tantos
intentos desesperados de volver a luchar. De levantarme de nuevo, de ser capaz
de entregarle una vez más todo mi amor... aunque sepa que lo apartará a un
lado. Como si no importara. Como si le estorbara.
Toda relación acaba desgastándose. Y
lo sé, es un hecho, es imposible mantener vivas por siempre las llamas de la
pasión, la lujuria y el romanticismo. Pero ella y yo éramos diferentes, siempre
fuimos diferentes. Mirábamos al mundo desde nuestra nube y nos reíamos de él,
de sus gentes y de sus ridículas costumbres, de su hipocresía y sus mentiras.
Ella y yo no luchábamos por mantener vivo nuestro amor; al contrario, era el
amor el que nos mantenía vivos a nosotros.
Pero ya todo cambió. Esa nube se
perdió, se disipó, obligándonos a caer. Y el contacto con la realidad no le
sentó bien, ni a ella ni a lo que teníamos. Perdimos la magia, y con ella lo
perdimos todo. Ella y yo siempre fuimos diferentes. Tal vez demasiado.
Levanto
mis ojos y miro a los suyos. Ya no veo en ellos la ventana abierta que solía
ver: sólo veo ya el cansancio de quien antes volaba con el viento y ahora se ve
obligado a andar por el suelo. El cansancio de quien sabe que allá arriba,
sobre las nubes, alguien se ríe de ella y del mundo en el que ahora debe vivir.