Quizás no entiendas el por qué de
estas palabras, pero eso ya me da igual. No perderé más tiempo de mi vida
intentando justificar unos errores que no cometí, unos errores que cargué sobre
mi espalda durante demasiado tiempo sin tener la obligación de hacerlo.
Te amé durante demasiado tiempo. Y
lo peor de ese amor no fueron las dificultades que encontré en mi camino para
expresarlo, ni la podrida relación que salió de él. Lo peor vino después. Las
noches en vela, las miradas furtivas, los gritos a una almohada ablandada a
base de golpes y lágrimas. El pago de un amor roto, según tú, por mi. Por mi
frialdad, mi egoísmo, mi falta de sensibilidad.
No, querida. Yo no fui el culpable
de aquello. Y me niego a seguir cargando con ese error, no porque no pueda ni
porque crea que ya cargué con ello lo suficiente. Simplemente, me cansé de ser
tu felpudo, tu perrito faldero, el cubo de basura donde tiras lo que no quieres
en tu vida. No más, ya no más.
Si quiero mejorar como persona, debo
soltar el lastre de todo aquello que me hunde en el fango. Y esos años son la
principal carga de aquello que no me deja avanzar. Han pasado ya dos años
desde que te libré de ese peso, no sé si por no discutir contigo, por costumbre
o por amor. Pero no más, ya no más. Desde hoy serás tú, en soledad, la que
cargue con el daño que te pertenece. Creo que tras tanto tiempo, merezco un
poco de felicidad.
¿Sabes
qué es lo que más me apena de todo aquello? Que tenías razón. Fui muy
gilipollas. Pero no por cómo me porté contigo, sino por haber intentado
mantener vivo aquel amor que ninguno de los dos deseó nunca, aquel amor que no
fue una bendición, sino una esclavitud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario