Tenía una sonrisa amable y gentil. Me saludó al sentarse junto a mí en aquel tren lleno de gente, y fue algo que me sorprendió gratamente, puesto que en mis tres años viajando es algo que jamás me había ocurrido. Es triste, pero la gente había perdido los modales hacía mucho tiempo.
Ella era una excepción, pero no solo en ello. También era rubia natural, algo poco común en mi región, llena de castaños oscuro y negros azabache. Nada más sentarse junto a mí, cogió su móvil y realizó una operación que no alcancé a ver, aunque probablemente simplemente lo silenciara para centrarse en su siguiente actividad: tomar apuntes de Historia del Derecho.
Desconocía su nombre, aunque me recordaba mucho a mi amiga Blanca. Si tuviera que elegir un nombre para ella escogería ese mismo, o tal vez Rocío. Algo que expresase pureza de alma, un nombre claro y limpio, tanto como el pelo rubio que tenía. Otras mujeres se acarician el pelo, se lo tocan nerviosas mientra estudian: ella no. En ocasiones se llevaba su mano derecha a la boca, pero no era más que un acto involuntario, una manía de tantas. Un gesto que la llevase a concentrarse en su libro, una forma inconsciente de auto-hipnosis que la ayudase a abstraerse del traqueteo de ese tren que a algunos mece y a otros revuelve el estómago.
Sin duda era una amante del orden y la limpieza: no lo digo tan sólo por su forma de tomar apuntes, directa y sin fisuras, sino por los diferentes post-it que tenía para tomar notas. Diferentes colores, diferentes formas, diferentes tamaños. Mi conocimiento del mundo universitario me sugería que me encontraba ante una estudiante de primer año, pero realmente aparentaba tener algunos años por encima de dieciocho. Haría una estimación, pero siempre he sido algo nulo adivinando la edad de la gente en base a su apariencia.
No me cabía la menor duda, fijándome en su rostro concentrado en sus apuntes, que era una mujer capaz de ponerse seria cuando la situación así lo requiriese, poco amiga de las interrupciones innecesarias cuando se sumergía en el estudio. Tal vez por eso no me atreví a preguntarle su nombre. Sin embargo, su mochila de Mickey Mouse y su cartuchera, adornada por dos adorables caras de gatitos, me indicaba que no renunciaba a su inocencia, que a pesar de todo seguía siendo en el fondo, como cualquier persona inteligente, una niña atrapada en un cuerpo cada vez más adulto.
Parecía una chica aplicada y estudiosa con un fondo ingenuo y divertido, y sin duda hacía honor a ese look. Su rebeca rosa combinaba perfectamente con su tono de pelo, y es que siempre he dicho que el color rosa le sienta de maravilla a las rubias. Una de dos: o tenía un buen gusto innato o era una entendida en moda. En cualquier caso, su elección no pudo ser más acertada. Como la de decirme un "Hola" que no olvidaré en todos los días de mi vida.
28 octubre, 2012
22 octubre, 2012
No lo sé y no me importa
La ciudad está triste y yo soy más feliz que nunca. Corro por el centro de la carretera, mientras la fina lluvia me empapa hasta los huesos y abre camino para que virus y bacterias me ataquen sin piedad. Comienzo a notar la fiebre, pero no sé si porque comienzo a incubar una enfermedad o porque de verdad estoy on fire. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero correr y gritar como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre.
No hay nadie en esta ciudad. Son las cuatro de la noche, y esa larga avenida es mi escenario particular. Corro, grito, bailo a placer: nadie hay que puede llamarme loco, y si me lo llaman qué más da, tal vez lo esté. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero cantar bajo la lluvia mientras avanzo por las calles desiertas, como en un videoclip que no quisiera que acabase nunca.
Estoy enfermo y lo sé. Y no hablo de la fiebre, hablo de mi mente. Amo el mundo, amo sus calles, me amo a mí mismo y a todos los seres de la creación. Nadie puede sentir eso por un mundo enfermo como éste, o al menos eso dicen. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero abrazar a la gente que quiero, que no es sino toda, y gritarles que el mundo puede ser un lugar tan maravilloso como cualquiera de esos en los que se encierran, esos que crean con sus imperfectas mentes.
Me siento lleno de energía. Llevo casi treinta minutos corriendo sin parar, y no aparece el cansancio. Dopamina, adrenalina y endorfinas varias son segregadas a chorro por mi cerebro, sin control. Demasiada felicidad para disfrutarla, tan sólo puedo sentir cómo me sobrepasa. Mi corazón late tan deprisa que mi pecho duele y mis piernas tiemblan, así como todo mi cuerpo, aunque eso tal vez sea consecuencia del agua que empapa cada centímetro de mi cuerpo. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero vivir, sentir, entregarme al mundo y que el mundo haga conmigo lo que quiera.
Sé que lo que siento es irreal, un fallo de mi enfermo y sobrecalentado cerebro, al que algunas conexiones ya comienzan a fallar. Sé que tan sólo ha sido un golpe de suerte, que podría haber sido un ataque de ansiedad en lugar de uno de euforia, pero no me importa. Tan sólo quiero exprimir este momento hasta la última gota y beberlo sin respirar. Como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre. Como si, de verdad, esta ciudad fuera completamente mía.
No hay nadie en esta ciudad. Son las cuatro de la noche, y esa larga avenida es mi escenario particular. Corro, grito, bailo a placer: nadie hay que puede llamarme loco, y si me lo llaman qué más da, tal vez lo esté. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero cantar bajo la lluvia mientras avanzo por las calles desiertas, como en un videoclip que no quisiera que acabase nunca.
Estoy enfermo y lo sé. Y no hablo de la fiebre, hablo de mi mente. Amo el mundo, amo sus calles, me amo a mí mismo y a todos los seres de la creación. Nadie puede sentir eso por un mundo enfermo como éste, o al menos eso dicen. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero abrazar a la gente que quiero, que no es sino toda, y gritarles que el mundo puede ser un lugar tan maravilloso como cualquiera de esos en los que se encierran, esos que crean con sus imperfectas mentes.
Me siento lleno de energía. Llevo casi treinta minutos corriendo sin parar, y no aparece el cansancio. Dopamina, adrenalina y endorfinas varias son segregadas a chorro por mi cerebro, sin control. Demasiada felicidad para disfrutarla, tan sólo puedo sentir cómo me sobrepasa. Mi corazón late tan deprisa que mi pecho duele y mis piernas tiemblan, así como todo mi cuerpo, aunque eso tal vez sea consecuencia del agua que empapa cada centímetro de mi cuerpo. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero vivir, sentir, entregarme al mundo y que el mundo haga conmigo lo que quiera.
Sé que lo que siento es irreal, un fallo de mi enfermo y sobrecalentado cerebro, al que algunas conexiones ya comienzan a fallar. Sé que tan sólo ha sido un golpe de suerte, que podría haber sido un ataque de ansiedad en lugar de uno de euforia, pero no me importa. Tan sólo quiero exprimir este momento hasta la última gota y beberlo sin respirar. Como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre. Como si, de verdad, esta ciudad fuera completamente mía.
15 octubre, 2012
¿Estás bien?
—¿Estás bien?
Qué curiosa pregunta. Si has visto lo que ha sucedido ahí fuera, has visto mi cara desencajada, me has oído vomitar, ¿para qué preguntas? ¿Dudas de que esté hecho una mierda o qué? ¿Esperas que te diga que estoy bien para no tener que preocuparte, verdad? ¡Vete al carajo!
—Sí, no te preocupes. Vete.
Se fue y me dejó completamente solo en aquel sucio baño. Me sobrevino otra arcada y expulsé algo más. Tenía un sabor amargo y un color amarillento. Bilis. No era la primera vez que lo vomitaba.
Dios, qué asco. No hay nada que sacar y sin embargo siguen saliendo fluidos de mi boca. Bueno, al menos no sale sangre. Debería ir al médico, pero para qué: mi problema no es de los que se curan con un jarabe.
No era más que la venganza de mi alma contra mi mente y mi cuerpo. Su rebelión ante mi inacción, ante los golpes que se llevaba cada día sin que yo me rebelase y dijese "Hasta aquí hemos llegado".
Era su golpe de gracia antes de que los pocos trozos que pudieran quedar de ella se convirtieran en polvo, en aire, en nada. Todo el dolor que llevaba soportando tantos años, devueltos de una vez de la forma más cruel y despiadada que se pudiera conocer: en forma de miedo absoluto.
Mi mayor terror, una vez más frente a mí. Sin armas, sin escudos, sin un mísero escupitajo que lanzarle a su perra ara. Había vuelto, y sin forma de hacerle huir, tan solo podía salir ahí afuera una vez más, enfrentarme a él cara a cara y dejar que me destruyera de una vez por todas.
Qué más me daba. De todas formas, no viviría para ver el amanecer una vez más.
Qué curiosa pregunta. Si has visto lo que ha sucedido ahí fuera, has visto mi cara desencajada, me has oído vomitar, ¿para qué preguntas? ¿Dudas de que esté hecho una mierda o qué? ¿Esperas que te diga que estoy bien para no tener que preocuparte, verdad? ¡Vete al carajo!
—Sí, no te preocupes. Vete.
Se fue y me dejó completamente solo en aquel sucio baño. Me sobrevino otra arcada y expulsé algo más. Tenía un sabor amargo y un color amarillento. Bilis. No era la primera vez que lo vomitaba.
Dios, qué asco. No hay nada que sacar y sin embargo siguen saliendo fluidos de mi boca. Bueno, al menos no sale sangre. Debería ir al médico, pero para qué: mi problema no es de los que se curan con un jarabe.
No era más que la venganza de mi alma contra mi mente y mi cuerpo. Su rebelión ante mi inacción, ante los golpes que se llevaba cada día sin que yo me rebelase y dijese "Hasta aquí hemos llegado".
Era su golpe de gracia antes de que los pocos trozos que pudieran quedar de ella se convirtieran en polvo, en aire, en nada. Todo el dolor que llevaba soportando tantos años, devueltos de una vez de la forma más cruel y despiadada que se pudiera conocer: en forma de miedo absoluto.
Mi mayor terror, una vez más frente a mí. Sin armas, sin escudos, sin un mísero escupitajo que lanzarle a su perra ara. Había vuelto, y sin forma de hacerle huir, tan solo podía salir ahí afuera una vez más, enfrentarme a él cara a cara y dejar que me destruyera de una vez por todas.
Qué más me daba. De todas formas, no viviría para ver el amanecer una vez más.
09 octubre, 2012
¿Conoces a alguien así?
¿Conoces a alguien así? Alguien atento, cariñoso, amable. Siempre con una sonrisa en los labios y que siempre consigue que tengas una en los tuyos. Alguien que sabe escuchar, que quiere escuchar, que coge tus problemas y los convierte en polvo, en aire, en nada. Esa persona especial que te hace sentir especial, que coge tu pesada autoestima, esa tan cargada de errores que no hay forma de levantarla, y la hace volar como si fuera un liviano globo de helio. Alguien a quien recurrir cuando estás mal, alguien en quien confías de verdad y que ha sabido llegar hasta lo más profundo de tu corazón sin ni siquiera darte cuenta. Alguien que siempre sabe qué decir y lo que es más importante: cómo decirlo. Alguien que te devuelva la fe en la raza humana.
¿Conoces a alguien así? Yo sí. Ese soy yo. Un tío maravilloso, de esas personas que cuanto peor están, más intentan que los demás se sientan mejor. Demasiado increíble para ser real, demasiado perfecto. Cuántos hombres me habrán dado su mano con firmeza, agradecidos por mis sabios consejos. Cuántas mujeres me habrán mirado con admiración, cuántas habrán sonreído gracias a mí minutos después de haber llorado como nunca. ¿Cuántas veces habré oído la frase "Los tíos como tú o tienen novia o son gays"?
¿Y de qué me ha servido todo eso? ¿Tanta comprensión, tanta amabilidad, tantas verdades convenientes? De nada. Esta noche me encuentro totalmente solo, sin nadie que me escuche y me diga que no soy tan mala persona. Toda esa gente comprensiva, todos esos agradecimientos y todos los "Estoy aquí para lo que necesites", ¿para qué? Docenas de personas que me acusan de no confiar en ellas, de guardarme mis sentimientos hasta hacerme daño, de sacrificarme en beneficio de ¿qué? Si ni siquiera yo lo sé, ¿cómo pueden pretender saberlo ellos? Me gustaría poder hablar con alguna de esas personas, las que siempre estarán ahí, pero no puedo permitirme que caigan junto a mí. Demasiado blandos o demasiado duros: nadie se parece a mí. Es lo malo de ser esa persona tan especial: que todos pueden llamar a una menos tú. Soy demasiado buena gente. Mi bondad acabará conmigo.
Ojalá fuera una cuestión de confianza. Bueno, en realidad lo es, pero no es confianza en los demás lo que necesito, sino confianza en mí mismo. Es confianza en que mi vida pueda tener un valor más allá de mi sonrisa, en que alguno de mis actos pueda valer algo más que mis palabras, en que pueda apoyarme en alguien sin que caiga al suelo, aplastado por tantas y tan pesadas cargas emocionales. Las mías y las de los demás, cargas de las que no puedo deshacerme, puesto que ellas me definen, me hacen ser quien soy: ese superhéroe a quien pides auxilio cuando te encuentras en peligro, sin importarle nada que no sea ayudarte. Pero, ¿y si fuera al contrario? Nadie acudiría a mi llamada si no supieran que responderla les beneficia a ellos más que a mí. No se puede eliminar el egoísmo de la ecuación.
Estoy desencantado del mundo, de sus personas, de toda la gente que conozco. Odio que la gente en la que confío no me escuche, sino que haga como que lo hace y al día siguiente olviden lo sucedido. Odio decepcionarme tanto, pero lo que odio de verdad es que lo llego hasta a entender: nadie quiere saber que la persona que siempre está en pie, aguantando los golpes de la vida, a veces pierde sus propias luchas por KO Técnico. Cuando tienes un pilar que siempre aguanta, un clavo al que siempre te puedes agarrar, te niegas a mirar cuando lo ves ceder: simplemente, miras a otro lado hasta que vuelve a su sitio. Es una reacción humana de lo más lógica. Por eso siempre he odiado la lógica. Y las reacciones humanas.
¿Conoces a alguien así? Yo sí. Ese soy yo. Un tío maravilloso, de esas personas que cuanto peor están, más intentan que los demás se sientan mejor. Demasiado increíble para ser real, demasiado perfecto. Cuántos hombres me habrán dado su mano con firmeza, agradecidos por mis sabios consejos. Cuántas mujeres me habrán mirado con admiración, cuántas habrán sonreído gracias a mí minutos después de haber llorado como nunca. ¿Cuántas veces habré oído la frase "Los tíos como tú o tienen novia o son gays"?
¿Y de qué me ha servido todo eso? ¿Tanta comprensión, tanta amabilidad, tantas verdades convenientes? De nada. Esta noche me encuentro totalmente solo, sin nadie que me escuche y me diga que no soy tan mala persona. Toda esa gente comprensiva, todos esos agradecimientos y todos los "Estoy aquí para lo que necesites", ¿para qué? Docenas de personas que me acusan de no confiar en ellas, de guardarme mis sentimientos hasta hacerme daño, de sacrificarme en beneficio de ¿qué? Si ni siquiera yo lo sé, ¿cómo pueden pretender saberlo ellos? Me gustaría poder hablar con alguna de esas personas, las que siempre estarán ahí, pero no puedo permitirme que caigan junto a mí. Demasiado blandos o demasiado duros: nadie se parece a mí. Es lo malo de ser esa persona tan especial: que todos pueden llamar a una menos tú. Soy demasiado buena gente. Mi bondad acabará conmigo.
Ojalá fuera una cuestión de confianza. Bueno, en realidad lo es, pero no es confianza en los demás lo que necesito, sino confianza en mí mismo. Es confianza en que mi vida pueda tener un valor más allá de mi sonrisa, en que alguno de mis actos pueda valer algo más que mis palabras, en que pueda apoyarme en alguien sin que caiga al suelo, aplastado por tantas y tan pesadas cargas emocionales. Las mías y las de los demás, cargas de las que no puedo deshacerme, puesto que ellas me definen, me hacen ser quien soy: ese superhéroe a quien pides auxilio cuando te encuentras en peligro, sin importarle nada que no sea ayudarte. Pero, ¿y si fuera al contrario? Nadie acudiría a mi llamada si no supieran que responderla les beneficia a ellos más que a mí. No se puede eliminar el egoísmo de la ecuación.
Estoy desencantado del mundo, de sus personas, de toda la gente que conozco. Odio que la gente en la que confío no me escuche, sino que haga como que lo hace y al día siguiente olviden lo sucedido. Odio decepcionarme tanto, pero lo que odio de verdad es que lo llego hasta a entender: nadie quiere saber que la persona que siempre está en pie, aguantando los golpes de la vida, a veces pierde sus propias luchas por KO Técnico. Cuando tienes un pilar que siempre aguanta, un clavo al que siempre te puedes agarrar, te niegas a mirar cuando lo ves ceder: simplemente, miras a otro lado hasta que vuelve a su sitio. Es una reacción humana de lo más lógica. Por eso siempre he odiado la lógica. Y las reacciones humanas.
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