¿Conoces a alguien así? Alguien atento, cariñoso, amable. Siempre con una sonrisa en los labios y que siempre consigue que tengas una en los tuyos. Alguien que sabe escuchar, que quiere escuchar, que coge tus problemas y los convierte en polvo, en aire, en nada. Esa persona especial que te hace sentir especial, que coge tu pesada autoestima, esa tan cargada de errores que no hay forma de levantarla, y la hace volar como si fuera un liviano globo de helio. Alguien a quien recurrir cuando estás mal, alguien en quien confías de verdad y que ha sabido llegar hasta lo más profundo de tu corazón sin ni siquiera darte cuenta. Alguien que siempre sabe qué decir y lo que es más importante: cómo decirlo. Alguien que te devuelva la fe en la raza humana.
¿Conoces a alguien así? Yo sí. Ese soy yo. Un tío maravilloso, de esas personas que cuanto peor están, más intentan que los demás se sientan mejor. Demasiado increíble para ser real, demasiado perfecto. Cuántos hombres me habrán dado su mano con firmeza, agradecidos por mis sabios consejos. Cuántas mujeres me habrán mirado con admiración, cuántas habrán sonreído gracias a mí minutos después de haber llorado como nunca. ¿Cuántas veces habré oído la frase "Los tíos como tú o tienen novia o son gays"?
¿Y de qué me ha servido todo eso? ¿Tanta comprensión, tanta amabilidad, tantas verdades convenientes? De nada. Esta noche me encuentro totalmente solo, sin nadie que me escuche y me diga que no soy tan mala persona. Toda esa gente comprensiva, todos esos agradecimientos y todos los "Estoy aquí para lo que necesites", ¿para qué? Docenas de personas que me acusan de no confiar en ellas, de guardarme mis sentimientos hasta hacerme daño, de sacrificarme en beneficio de ¿qué? Si ni siquiera yo lo sé, ¿cómo pueden pretender saberlo ellos? Me gustaría poder hablar con alguna de esas personas, las que siempre estarán ahí, pero no puedo permitirme que caigan junto a mí. Demasiado blandos o demasiado duros: nadie se parece a mí. Es lo malo de ser esa persona tan especial: que todos pueden llamar a una menos tú. Soy demasiado buena gente. Mi bondad acabará conmigo.
Ojalá fuera una cuestión de confianza. Bueno, en realidad lo es, pero no es confianza en los demás lo que necesito, sino confianza en mí mismo. Es confianza en que mi vida pueda tener un valor más allá de mi sonrisa, en que alguno de mis actos pueda valer algo más que mis palabras, en que pueda apoyarme en alguien sin que caiga al suelo, aplastado por tantas y tan pesadas cargas emocionales. Las mías y las de los demás, cargas de las que no puedo deshacerme, puesto que ellas me definen, me hacen ser quien soy: ese superhéroe a quien pides auxilio cuando te encuentras en peligro, sin importarle nada que no sea ayudarte. Pero, ¿y si fuera al contrario? Nadie acudiría a mi llamada si no supieran que responderla les beneficia a ellos más que a mí. No se puede eliminar el egoísmo de la ecuación.
Estoy desencantado del mundo, de sus personas, de toda la gente que conozco. Odio que la gente en la que confío no me escuche, sino que haga como que lo hace y al día siguiente olviden lo sucedido. Odio decepcionarme tanto, pero lo que odio de verdad es que lo llego hasta a entender: nadie quiere saber que la persona que siempre está en pie, aguantando los golpes de la vida, a veces pierde sus propias luchas por KO Técnico. Cuando tienes un pilar que siempre aguanta, un clavo al que siempre te puedes agarrar, te niegas a mirar cuando lo ves ceder: simplemente, miras a otro lado hasta que vuelve a su sitio. Es una reacción humana de lo más lógica. Por eso siempre he odiado la lógica. Y las reacciones humanas.
So beautiful.
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