Eres como una mezcla de lo que más odio y lo que más quiero. Cuando me hablas noto mi sangre hirviendo, poniendo el grito en el cielo, intentando que el mundo vea a la misma mujer egoísta que yo veo; en cambio, cuando no lo haces me descubro a mí mismo buscando tu nombre en mil lugares, notando en mi pecho una especie de opresión, investigando sobre tu vida a pesar de que sé perfectamente que eso no me traerá más que desdicha. Te quiero, pero no puedo vivir contigo, porque tu presencia me irrita y me desestabiliza; te odio, pero no puedo vivir sin ti, porque eres el pistón central del gran motor de mi vida.
Me importas, pero no me importas. Eres un eterno dilema en un puzzle de ocho piezas, un túnel directo a la salida en un laberinto de docenas de hectáreas de dimensión. Una sombra en un mundo de luces, un sol eterno en el fondo del mar más profundo. Un todo que abarca la misma nada, una piedra que vence al papel, una razón y un corazón que luchan entre sí sin posibilidades de vencer, condenados a una pelea sin fin que nunca llegó a comenzar. Lo que siento por ti me destruye, como hizo siempre: pero esa destrucción me da una razón de ser, un motivo para seguir adelante, una moneda más en este eterno "Continue?" que es mi vida.
Eso es lo que eres. Mi vida y mi muerte, una eterna resurrección que odio sin dejar de amar. Ese trato con un Diablo que me compró un billete de ida al Paraíso. Mi amiga. Mi enemiga. Mi frenemy.
29 enero, 2013
18 enero, 2013
Duele
Duele encender la pantalla de mi ordenador y verte en ella. Sonriente, divertida, feliz. Aquel día lo eras, lo sé. Fue la última vez que lo noté, la última vez que me sonreíste saliéndote del alma, la última que te hice llorar de risa y no de pena o de rabia. Duele, ¿sabes? Duele encender la pantalla de mi ordenador y recordar que no soy capaz de revivir ese momento.
Duele entrar en Tuenti, Facebook o Twitter y encontrarte ahí. Ver cómo apenas los usas, cómo el miedo se ha apoderado de ti hasta el punto de que ni siquiera a través de la pantalla de tu ordenador te atreves a hablar conmigo, a contarme lo que te pasa, a decirme la última de las verdades que querrías decirme. Duele, ¿sabes? Duele entrar en todos esos sitios y recordar todos aquellos mensajes que nos enviábamos.
Duele ir a nuestro pub y ver que estas allí. Ver en esa ventana siempre abierta un muro de papel que ninguno de los dos se atreve a quitar, un velo de cristal que deja ver lo que escondes con tan poco ahínco. No sé si es que no sabes, no puedes o no quieres, pero duele, ¿sabes? Duele mirarte a la cara y que tú mires hacia otro lado.
Por eso mi fondo de pantalla es ahora negro. Por eso he eliminado toda posibilidad de contacto contigo. Por eso cogí tu cara llena de lágrimas y te obligué a mirarme a los ojos. Porque sé lo que te pasa, porque sé que no tienes el valor suficiente para decirlo con palabras. Y en el fondo, querida, eso es lo que más me duele.
Duele entrar en Tuenti, Facebook o Twitter y encontrarte ahí. Ver cómo apenas los usas, cómo el miedo se ha apoderado de ti hasta el punto de que ni siquiera a través de la pantalla de tu ordenador te atreves a hablar conmigo, a contarme lo que te pasa, a decirme la última de las verdades que querrías decirme. Duele, ¿sabes? Duele entrar en todos esos sitios y recordar todos aquellos mensajes que nos enviábamos.
Duele ir a nuestro pub y ver que estas allí. Ver en esa ventana siempre abierta un muro de papel que ninguno de los dos se atreve a quitar, un velo de cristal que deja ver lo que escondes con tan poco ahínco. No sé si es que no sabes, no puedes o no quieres, pero duele, ¿sabes? Duele mirarte a la cara y que tú mires hacia otro lado.
Por eso mi fondo de pantalla es ahora negro. Por eso he eliminado toda posibilidad de contacto contigo. Por eso cogí tu cara llena de lágrimas y te obligué a mirarme a los ojos. Porque sé lo que te pasa, porque sé que no tienes el valor suficiente para decirlo con palabras. Y en el fondo, querida, eso es lo que más me duele.
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