Duele encender la pantalla de mi ordenador y verte en ella. Sonriente, divertida, feliz. Aquel día lo eras, lo sé. Fue la última vez que lo noté, la última vez que me sonreíste saliéndote del alma, la última que te hice llorar de risa y no de pena o de rabia. Duele, ¿sabes? Duele encender la pantalla de mi ordenador y recordar que no soy capaz de revivir ese momento.
Duele entrar en Tuenti, Facebook o Twitter y encontrarte ahí. Ver cómo apenas los usas, cómo el miedo se ha apoderado de ti hasta el punto de que ni siquiera a través de la pantalla de tu ordenador te atreves a hablar conmigo, a contarme lo que te pasa, a decirme la última de las verdades que querrías decirme. Duele, ¿sabes? Duele entrar en todos esos sitios y recordar todos aquellos mensajes que nos enviábamos.
Duele ir a nuestro pub y ver que estas allí. Ver en esa ventana siempre abierta un muro de papel que ninguno de los dos se atreve a quitar, un velo de cristal que deja ver lo que escondes con tan poco ahínco. No sé si es que no sabes, no puedes o no quieres, pero duele, ¿sabes? Duele mirarte a la cara y que tú mires hacia otro lado.
Por eso mi fondo de pantalla es ahora negro. Por eso he eliminado toda posibilidad de contacto contigo. Por eso cogí tu cara llena de lágrimas y te obligué a mirarme a los ojos. Porque sé lo que te pasa, porque sé que no tienes el valor suficiente para decirlo con palabras. Y en el fondo, querida, eso es lo que más me duele.
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