Yo sé lo que es eso. Es la felicidad más pura corriendo por tus venas, es lo más alto que puedes estar jamás, es la capacidad de mirar a la gente desde tan arriba, estando tan feliz, que incluso te marea, pierdes la noción de lo que disfrutas. Mil mujeres sintiendo mil orgasmos simultáneos no sentirían ni la décima parte de lo que yo sentí aquella noche. Me hacía temblar, me impedía pensar con claridad. Mis piernas y mis brazos no me respondían, y mucho menos mi sentido común. Ganas de saltar, de jugar, de correr y correr y correr sin parar, porque sabía que esa noche el cansancio no haría acto de presencia. Ganas de decirle a la gente a la que quiero que de verdad la quiero. Ganas de todo, de compartir esa experiencia con el mundo.
Yo sé lo que es eso. Se llama "ataque de euforia". Durante esa noche, sufrí una sobredosis de dopamina y adrenalina en su estado más puro. Mi cerebro comnzó a segregarlas sin control, sin nada que lo frenara, sin un desencadenante claro. La felicidad, literalmente, corría por mis venas. Y eso no hace más que confirmar lo que desde hace un año ya sabía: que en mi cabeza hay algo que no funciona bien. Que hay componentes que fallan. Que estoy loco. Quizás no de verdad o quizás sí, pero lo estoy. Y me alegro por ello. Porque sólo un loco se alegraría de estarlo. Pero un loco no sabe que está loco... Curiosa paradoja. Me gustan las paradojas.
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