Sólo se justifican los que se sienten culpables. Y sólo se sienten culpables los que se equivocan y los que creen que se equivocan.
Leía entonces en mi oscura habitación los tuits más recientes de mi cuenta favorita. Cuánto me recordaba a mí mismo. Era hombre, más o menos de mi misma edad, y la historia que contaba cada 140 letras sugería que habíamos compartido la misma historia. Un desamor creciente, un abandono justificado, la santa resignación de quien cree haberse equivocado, de quien a todo el mundo dice que hizo lo correcto pero que no ve en los ojos de los demás la verdad que creen expresar con sus labios.
140 símbolos no serían suficientes para muchas cosas, pero desde luego no pienso utilizarlos para justificarme. Como ya he dicho, sólo se justifican los que se sienten culpables. Yo no me siento culpable de lo sucedido: me temo, querido lector, que deberás ser tú quien determine si lo soy o no. Por una vez, sólo tú serás juez, jurado y verdugo. Un poder que sólo los amantes de las letras conocen.
18 marzo, 2012
13 marzo, 2012
Cuatro ojos
Cuatro ojos. No, no es un insulto. Es la realidad. Cuatro ojos representados en una imagen. Los tuyos y los míos.
Dicen por ahí que una imagen vale más que mil palabras. Es una frase en la que yo nunca creí, porque siempre pensé que, con práctica y talento, mil palabras podrían llegar a transmitir más que cualquier imagen. Es evidente que me equivoqué; que tú, mi Luna, me has enseñado una vez más algo que sólo puedo aprender de ti.
Podría escribir durante horas, durante días, durante meses. Podría ejercitar mi talento durante años, sin poder expresar con mil palabras lo que esa simple imagen desprende. Tú, inteligente como ninguna, supiste entender que la clave de esa fotografía estaba en nuestros ojos. Esos ojos que expresaban tanto. Que hablaban tanto. Que decían lo que ninguno de los dos nos atrevíamos a decir en voz alta.
Ojos que son como fuego y hielo, ojos fríos y ardientes, ojos que representan la cercanía y la lejanía que nos caracterizan. Ojos que son, esta vez sí, el espejo del alma, un alma que sólo tú puedes encender en mi caso, y un alma que intenta protegerse después de tantos y tantos desengaños amorosos en el tuyo. Un alma fría, la tuya, que convierte a la mia en puro fuego. Un alma fría por necesidad, porque tú mejor que nadie sabes, tal vez inconscientemente, que el frío aumenta el dolor, pero ayuda a conservar lo que uno quiere.
Curioso que yo, el frío, el inexpresivo, el calculador, sea esta vez el representante del fuego, del romanticismo, de la pasión. Y curioso que tú, la romántica, la ilusionada, la amante fiel, seas en esa fotografía quien clava sobre la cámara unos ojos pétreos y duros. Supongo que tienes muchos motivos para hacerlo así... pero a mi me gustaría creer que son así porque, aquel día perfecto, no terminabas de creer del todo que aquello fuera real. Que lo mirabas todo con perspectiva, esperando despertar de un sueño demasiado increíble como para ser real.
Sé lo que es eso... Pero tranquila, no te preocupes por nada. El tiempo pasará, y antes de que te des cuenta, comenzaras a creer que esto no es un sueño, sino la más bella de las realidades. Y en ese instante, tus ojos comenzarán a emitir tanta felicidad, que harán palidecer al mismo flash de tu cámara. Y entonces yo, cariño, volveré a ser feliz. De verdad.
Dicen por ahí que una imagen vale más que mil palabras. Es una frase en la que yo nunca creí, porque siempre pensé que, con práctica y talento, mil palabras podrían llegar a transmitir más que cualquier imagen. Es evidente que me equivoqué; que tú, mi Luna, me has enseñado una vez más algo que sólo puedo aprender de ti.
Podría escribir durante horas, durante días, durante meses. Podría ejercitar mi talento durante años, sin poder expresar con mil palabras lo que esa simple imagen desprende. Tú, inteligente como ninguna, supiste entender que la clave de esa fotografía estaba en nuestros ojos. Esos ojos que expresaban tanto. Que hablaban tanto. Que decían lo que ninguno de los dos nos atrevíamos a decir en voz alta.
Ojos que son como fuego y hielo, ojos fríos y ardientes, ojos que representan la cercanía y la lejanía que nos caracterizan. Ojos que son, esta vez sí, el espejo del alma, un alma que sólo tú puedes encender en mi caso, y un alma que intenta protegerse después de tantos y tantos desengaños amorosos en el tuyo. Un alma fría, la tuya, que convierte a la mia en puro fuego. Un alma fría por necesidad, porque tú mejor que nadie sabes, tal vez inconscientemente, que el frío aumenta el dolor, pero ayuda a conservar lo que uno quiere.
Curioso que yo, el frío, el inexpresivo, el calculador, sea esta vez el representante del fuego, del romanticismo, de la pasión. Y curioso que tú, la romántica, la ilusionada, la amante fiel, seas en esa fotografía quien clava sobre la cámara unos ojos pétreos y duros. Supongo que tienes muchos motivos para hacerlo así... pero a mi me gustaría creer que son así porque, aquel día perfecto, no terminabas de creer del todo que aquello fuera real. Que lo mirabas todo con perspectiva, esperando despertar de un sueño demasiado increíble como para ser real.
Sé lo que es eso... Pero tranquila, no te preocupes por nada. El tiempo pasará, y antes de que te des cuenta, comenzaras a creer que esto no es un sueño, sino la más bella de las realidades. Y en ese instante, tus ojos comenzarán a emitir tanta felicidad, que harán palidecer al mismo flash de tu cámara. Y entonces yo, cariño, volveré a ser feliz. De verdad.
10 marzo, 2012
El miedo
El miedo. ¿Cuánto hace que no oía hablar de él? ¿Semanas, meses quizá?
El miedo. El miedo a dar un paso adelante, a atreverse a ir más allá, tal vez siquiera a decir un triste "Hola" que pueda ser el inicio de algo increíble.
El miedo. Miedo a que las sensaciones del primer día se desvanezcan, miedo a que ese sentimiento fuese solo algo temporal y pasajero, como parece que es todo hoy en día.
El miedo. El miedo a comenzar algo nuevo, algo desconocido, algo bello. El miedo a conseguir lo que siempre ha querido uno, el miedo a alcanzar el éxito, la gloria, LA FELICIDAD.
El miedo. El miedo a fracasar. El miedo a acostumbrarse a lo bueno, algo bueno que puede no durar para siempre. El miedo a dar un paso que puede condicionar mucho tu vida.
El miedo. El miedo a amar. El miedo a depender de una persona, el miedo a pensar que puede llegar el día en que esa persona no dependa de ti y te abandone.
El miedo. El miedo a tener miedo. El miedo a esa parálisis de los sentidos, a ese temblor en la oscuridad, a ese ¿Y si...? El miedo a esa barrera que o traspasas, o te traspasa. Sin término medio.
El miedo. El miedo a dar un paso adelante, a atreverse a ir más allá, tal vez siquiera a decir un triste "Hola" que pueda ser el inicio de algo increíble.
El miedo. Miedo a que las sensaciones del primer día se desvanezcan, miedo a que ese sentimiento fuese solo algo temporal y pasajero, como parece que es todo hoy en día.
El miedo. El miedo a comenzar algo nuevo, algo desconocido, algo bello. El miedo a conseguir lo que siempre ha querido uno, el miedo a alcanzar el éxito, la gloria, LA FELICIDAD.
El miedo. El miedo a fracasar. El miedo a acostumbrarse a lo bueno, algo bueno que puede no durar para siempre. El miedo a dar un paso que puede condicionar mucho tu vida.
El miedo. El miedo a amar. El miedo a depender de una persona, el miedo a pensar que puede llegar el día en que esa persona no dependa de ti y te abandone.
El miedo. El miedo a tener miedo. El miedo a esa parálisis de los sentidos, a ese temblor en la oscuridad, a ese ¿Y si...? El miedo a esa barrera que o traspasas, o te traspasa. Sin término medio.
03 marzo, 2012
Más allá del bien y del mal
Anoche ví algo que impactó mi mente. Algo que, de un chispazo, me hizo comprender la realidad de la vida. Esa vida a veces sin sentido, a veces dolorosa, pero que siempre sabe cómo sacarnos de esos túneles profundos en los que a veces entramos.
Anoche me encontré cara a cara con el bien. Amable, dulce, angelical. Siempre con una sonrisa tranquilizadora en la boca, siempre con una palabra de consuelo en sus carnosos labios. Siempre dispuesta a hablar, a escuchar, a darte un momento de respiro en lo dura que es la vida. Vi sus ojos claros, irradiando luz donde quiera que miraban. Siempre atenta, dispuesta a escucharte, intentando animarte cuando te ve algo decaído, cuando ve que pierdes fuelle. Anoche me encontré a un ángel caído del Cielo.
Anoche me encontré cara a cara con el mal. Ruda, descortés, demoníaca. Siempre con una sonrisa turbadora en la boca, siempre con una palabra ácida en sus carnosos labios. Siempre dispuesta a discutir, a jugar, a forzar tus límites y superarte una y otra vez. Vi sus ojos oscuros, llenando de terror a aquello en lo que se posaban. Siempre dura, dispuesta a atacarte, intentando hundirte cuando te ve demasiado subido, cuando ve que vas más allá de tus posibilidades. Anoche me encontré a un demonio salido del Infierno.
Anoche me encontré con ambas. El bien y el mal, personificados en dos personas muy diferentes. Dos mujeres que se conocieron ese mismo día y que podrían llegar a ser muy amigas. Dos mujeres que, mientras bailaban juntas en una discoteca, me hicieron comprender que la vida es exactamente como la veía: el bien y el mal, bailando entre ellos al compás de algo mucho mayor. La vida.
Anoche me encontré cara a cara con el bien. Amable, dulce, angelical. Siempre con una sonrisa tranquilizadora en la boca, siempre con una palabra de consuelo en sus carnosos labios. Siempre dispuesta a hablar, a escuchar, a darte un momento de respiro en lo dura que es la vida. Vi sus ojos claros, irradiando luz donde quiera que miraban. Siempre atenta, dispuesta a escucharte, intentando animarte cuando te ve algo decaído, cuando ve que pierdes fuelle. Anoche me encontré a un ángel caído del Cielo.
Anoche me encontré cara a cara con el mal. Ruda, descortés, demoníaca. Siempre con una sonrisa turbadora en la boca, siempre con una palabra ácida en sus carnosos labios. Siempre dispuesta a discutir, a jugar, a forzar tus límites y superarte una y otra vez. Vi sus ojos oscuros, llenando de terror a aquello en lo que se posaban. Siempre dura, dispuesta a atacarte, intentando hundirte cuando te ve demasiado subido, cuando ve que vas más allá de tus posibilidades. Anoche me encontré a un demonio salido del Infierno.
Anoche me encontré con ambas. El bien y el mal, personificados en dos personas muy diferentes. Dos mujeres que se conocieron ese mismo día y que podrían llegar a ser muy amigas. Dos mujeres que, mientras bailaban juntas en una discoteca, me hicieron comprender que la vida es exactamente como la veía: el bien y el mal, bailando entre ellos al compás de algo mucho mayor. La vida.
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