Cuatro ojos. No, no es un insulto. Es la realidad. Cuatro ojos representados en una imagen. Los tuyos y los míos.
Dicen por ahí que una imagen vale más que mil palabras. Es una frase en la que yo nunca creí, porque siempre pensé que, con práctica y talento, mil palabras podrían llegar a transmitir más que cualquier imagen. Es evidente que me equivoqué; que tú, mi Luna, me has enseñado una vez más algo que sólo puedo aprender de ti.
Podría escribir durante horas, durante días, durante meses. Podría ejercitar mi talento durante años, sin poder expresar con mil palabras lo que esa simple imagen desprende. Tú, inteligente como ninguna, supiste entender que la clave de esa fotografía estaba en nuestros ojos. Esos ojos que expresaban tanto. Que hablaban tanto. Que decían lo que ninguno de los dos nos atrevíamos a decir en voz alta.
Ojos que son como fuego y hielo, ojos fríos y ardientes, ojos que representan la cercanía y la lejanía que nos caracterizan. Ojos que son, esta vez sí, el espejo del alma, un alma que sólo tú puedes encender en mi caso, y un alma que intenta protegerse después de tantos y tantos desengaños amorosos en el tuyo. Un alma fría, la tuya, que convierte a la mia en puro fuego. Un alma fría por necesidad, porque tú mejor que nadie sabes, tal vez inconscientemente, que el frío aumenta el dolor, pero ayuda a conservar lo que uno quiere.
Curioso que yo, el frío, el inexpresivo, el calculador, sea esta vez el representante del fuego, del romanticismo, de la pasión. Y curioso que tú, la romántica, la ilusionada, la amante fiel, seas en esa fotografía quien clava sobre la cámara unos ojos pétreos y duros. Supongo que tienes muchos motivos para hacerlo así... pero a mi me gustaría creer que son así porque, aquel día perfecto, no terminabas de creer del todo que aquello fuera real. Que lo mirabas todo con perspectiva, esperando despertar de un sueño demasiado increíble como para ser real.
Sé lo que es eso... Pero tranquila, no te preocupes por nada. El tiempo pasará, y antes de que te des cuenta, comenzaras a creer que esto no es un sueño, sino la más bella de las realidades. Y en ese instante, tus ojos comenzarán a emitir tanta felicidad, que harán palidecer al mismo flash de tu cámara. Y entonces yo, cariño, volveré a ser feliz. De verdad.
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