15 septiembre, 2012

Ese veneno llamado amor

No sé por qué, pero últimamente no dejo de mirar tus fotografías. Una y otra vez vuelvo a ellas, sin saber muy bien por qué. Sólo hay algo que pueda asegurar ahora mismo: me apena comprobar en lo que te has convertido por mi culpa.

En todas ellas muestras una amplia sonrisa, rodeada de docenas de amigas, de tu familia, de chicos que no conozco pero que estoy seguro que han caído rendidos a tus pies. De hombres que te adoran, que admiran tu forma de ser, que suspiran por darte lo que deseas. Hombres que cada noche te entregan un pedacito de Paraíso, un Paraíso que desprecias cada día más. Sé que no deseas más ángeles con peluca y alas de juguete, que no son más que pasatiempos hasta que llegue otro demonio como yo. Alguien que clave su tridente en tu corazón y pueda destruir ese veneno que sin querer te llenó al conocerme, ese veneno que aún hoy te amordaza y te nubla los sentidos. Ese veneno llamado amor.

Y me entristece, cabecita loca. Me apena comprobar que busques en otros un cariño pasajero, un amor de bolsillo, una caricia sin amor que pueda aliviar durante unos minutos la sed con la que yo te dejé. Ésa que ahora no te deja vivir y te fuerza a mostrar una sonrisa que tal vez a los demás parezca real, pero que a ninguno de nosotros dos puede engañar. Sólo yo te he visto realmente contenta. Feliz. Enamorada. Sólo yo conozco esa sonrisa, ese trofeo por el que hombres mejores que yo darían su vida... Pero que yo dejé escapar. O, más bien, al que di la espalda. No infravalores ese tesoro, porque pocas veces he contemplado algo tan grande. Es solo que me conociste en una época dura de mi vida. Y tuve que huir.

Tú me amaste con todas tus fuerzas, lo sé. Y me gustaría pedirte perdón por no haber podido llegar a tanto, por no haber podido amarte como tú lo hiciste conmigo. Porque ya sabes que nunca quise hacerte daño, que lo intenté, de veras que lo intenté, pero si hay algo que me enseñó la vida es que el amor no puede ser forzado, una lección en la que tú fuiste la última de mis profesoras.

Ahora que lo pienso, en realidad sí que sé por qué miro tanto tu imagen en mi pantalla. Porque anhelo saber que estás bien, que ya lo superaste, que alguien supo por fin llenar el vacío que yo nunca pude llenar. Porque tengo la ilusión de volver esa maravillosa sonrisa, la que tenías durante aquellos días en los que tú y yo, los dos juntos, lo éramos todo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario