22 diciembre, 2012

Podría escribir mil páginas sobre ello

Podría escribir mil páginas sobre ello. Sí, podría hacerlo, pero no estoy hoy aquí para eso, sino para contarte con palabras lo que no puedo decirte con gestos, lo que llena mi mente cada día y va oscureciendo mi alma minuto tras minuto, envenenándola con los sucios y crueles vertidos de desprecios abiertos y juegos con dobles sentidos que me regalas día tras día.

Estoy aquí para decirte que no quiero beber más de tus amargos labios, que me aburrieron tus movimientos de gatita insinuante, que no quiero que busques de nuevo ese cordel que nunca quise darte pero que buscas y encuentras siempre que tienes ocasión, siempre que deseas limpiar tu mente durante unas pocas horas y liberarlas del enorme yugo que te supone tu triste y gris vida. Estoy aquí para que te des cuenta de una maldita vez de que comienzas a mostrar signos de debilidad, que esta eterna partida de rol está dejando de divertirte y se vuelve otra obligación con la que cumplir, que tu válvula de escape se está convirtiendo en un callejón sin salida más de todos los callejones sin salida que pueblan tu siniestra personalidad.

Estoy aquí para enseñarte que hay algo más allá de la noche, que no hay mayor debilidad que la de no parar de mostrar tus fortalezas, que se puede ver el amanecer en un descampado sentados en un banco y no sólo desde la parte trasera de un Dodge Caliber. Estoy aquí para poner delante de tus ojos una verdad, que no es otra que la que tú ya sabes pero te niegas a ver, ocultándola entre montañas de pausada ignorancia y sexo desenfrenado, con la inútil esperanza de que los gritos de tus orgasmos puedan acallar los que cada día te regala tu atormentado y desnutrido espíritu.

El caso es que estoy aquí para contarte esa verdad, tu verdad, mi verdad, que no es otra sino que te despiertes ya y te des cuenta de que tu destino no tiene piloto automático y que debes tomar de una vez sus riendas por el bien de todos... pero, ¿para qué? Podría escribir mil páginas sobre ello y no serían más que el prólogo de una historia que no tiene inicio, esta historia de falsas hipocresías y triples morales en la que has convertido nuestras vidas.

16 diciembre, 2012

Es un cabrón

Es algo así como... como ganas de cogerle y partirle la cara, pero a lo bestia. No sé si me explico. Ganas de ir a por él, tirarlo al suelo y darle un puñetazo detrás de otro, sin escuchar sus palabras, sin escuchar a la gente a mi alrededor, sin que nadie se atreviera a acercarse a menos de dos metros.

En serio, no sé qué puede ser. Es que rabia a estas alturas no me pega. ¿Serán ganas de justicia? ¿De hacer con su cuerpo lo mismo que él hizo con mi alma? Me quitó a mi chica, a mis amigos, toda la mierda que tengo encima se la debo a él, todo este sentimiento de impotencia es suyo y sólo suyo.

Qué hijo de puta. En serio, cada vez que lo veo empiezan a temblarme los brazos, como diciéndome "¿Qué carajo estás esperando? ¡¿Le quieres partir la boca de una puta vez?! Mi mente se nubla, mis ojos se secan, y durante un momento lo único que pienso es eso, en saltar la pantalla, en romper las barreras del tiempo y el espacio y partirle uno a uno todos los dientes con unas tenazas. Como hace el dentista con una muela picada que no puede salvar, igual, pero sin anestesia: es más, si pudiera, con lo contrario de la anestesia.

Es un cabrón. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que no es más que yo hace unos cuantos años.

05 diciembre, 2012

Vuelve a mí

Recorro pasillos hasta llegar a mi habitación, de la misma forma que recorro los laberintos de mi mente intentando, con vanos resultados, encontrar un recuerdo que no me ate a ti, una forma de detener las lágrimas que me atenazan cada noche, una razón que venza al corazón.

Todo es inútil. De nuevo tumbado en mi cama, vuelves a mí una noche más suplicando atenciones, caricias, cientos de miles de esos besos imaginarios. Una noche más vuelvo a fantasear con tu presencia en mis aposentos, veinticuatro horas después vuelve a mí esta oscura esperanza que no me ha traído más que sollozos y lamentos. Intento apartarte de mí mediante sucios trucos, imaginándote con otros hombres, machos crueles y estúpidos que serían incapaces de observarte con la luz con la que yo te miro, pero es inútil. Bajo la única luz de la luna menguante todo vuelve, sin mi permiso pero con mi bendición.

Vuelve a mí tu imagen delicada, frágil, sencilla. Vuelve a mí tu sonrisa en la noche, tus ojos encendidos de ilusión, tu piel tersa y delicada. Vuelve a mí la locura infame, el deseo sucio y carnal, la desesperación más dura y ardiente de cuantas pueda conocer el ser humano. Vuelve esta sutil y agridulce tortura, este majestuoso dolor que me da y me quita la vida a su antojo, esta prueba irrefutable de mi masoquismo más sincero. Vuelve a mí todo ello, esta paradoja permanente de querer y no querer, de amar sin poder amar, de odiarte por no poder dejar de quererte tanto al principio y al final de cada día. Vuelve esta debilidad maldita, esta fiebre que me consume día tras día, esta enfermedad que me destroza por dentro sin dejarme vivir un solo segundo en paz. Vuelve esta hipocresía que jamás perdonaste en nadie y mucho menos en mí, este amor que nunca me trajo otra cosa más que desgracia y soledad, este amor que me da la vida... y me hace que desee mirar a los ojos de la Muerte.

01 diciembre, 2012

Ese vómito lleno de perfección

Veo la televisión y allí están. Abro una revista y las tengo delante de mis ojos. En cualquier película, frente a mí. Son famosas, ricas, guapas. Tienen armarios llenos de ropa y zapatos, cientos de bolsos, más joyas de las que pueden ponerse. Son felices porque tienen todo lo que quieren con sólo chasquear los dedos, sin importar si es una copa de champagne o a Robert Pattinson, y si lo consiguen es porque son perfectas. Y yo sé que puedo tener todo lo que ellas tienen, ser la envidia de todas las mujeres, el anhelo de todos los hombres. Puedo ser perfecta.

Ellas, mis amigas, Siempre tan contentas y sonrientes, siempre de fiesta, dándolo todo. Y yo con ellas, obligada a ver sus cuerpos perfectos, a escuchar los piropos que los hombres dedican a sus esculturales figuras, a sus nalgas prietas, a su look femenino y delicado. Yo no puedo ponerme un vestido entallado, no importa si es un palabra de honor, un asimétrico o un cuello alto: en realidad, no puedo llevar vestidos, no tengo cuerpo para llevarlos. Siempre he sido la simpática de los vaqueros negros, pero ya no quiero serlo más. Quiero ser una más del grupo. Quiero ser perfecta.

Entro en Facebook y allí está. Entro en mi pub favorito y allí está. Entro en mi mente y allí está. Siempre rodeado de mujeres, más bellas que yo, más simpáticas, más delgadas. Y él las hace reír, les da una parte de él que nunca me da a mí, les da esperanza. No importa lo que haga por él, todas las señales que le mande, los tweets en los que le mencione: él nunca me prestará la atención que les presta a las demás, porque nunca me verá como a las demás. Él es perfecto, y si quiero darle lo que se merece debo ponerme a su altura. Necesito merecer su amor. Necesito ser perfecta.

Hay personas tan perfectas que me hacen reflexionar eso de para qué seguir. Y pienso en qué tengo, a qué me puedo aferrar... Pero no noto nada, tan sólo el vacío que acompaña a todos esos sentimientos que tanto odio. ¿No me come la conciencia? ¿No se me retuerce el estómago? Sólo necesito un segundo más para resistir, pero ni siquiera eso tengo aquí y ahora. Y es por eso que una vez más expulso sin querer mi miedo a estar bien, a ser quien quiero, a dejar de ser una adolescente gilipollas y superficial más en un mundo lleno de adolescentes gilipollas y superficiales.

Fracasé, una vez más. Y me encuentro allí, limpiando con mis manos sucias los restos que puedan quedar alrededor de mi boca mientras observo fijamente ese vómito lleno de oportunidades, de esperanza, de futuras alegrías... Ese vómito lleno de perfección.