Ayer pensé en ti, en tu pelo, en tus ojos. Pensé en todos esos momentos que compartimos y que ya no volveremos a vivir jamás. Recordé tu risa y tu llanto, recordé lo gilipollas que fui yo y lo mala que fuiste tú, recordé lo mucho que te quise y lo mucho que me quisiste. Amor, ese sentimiento que nunca volverá a florecer entre nosotros, un nosotros que ya no existe.
Recordé que no supe lo que era entregarse a una persona y a un sentimiento hasta que te conocí, hasta que escuché esa primera frase de tus labios dirigida a mí, el hombre con más suerte del mundo: “Eres un payaso”. Recordé tu siempre bella sonrisa, que todavía me atormenta en ocasiones, aunque hayan pasado mil años desde la última vez que yo fuese el causante de esa sonrisa.
Recordé lo frío que siempre fui. Recordé el calor que me diste, intentando dar vida a este cuerpo inerte. Recordé tus nulos intentos de calentarme mis congeladas manos, un hielo que no provenía del exterior, sino del alma. Mis manos siempre fueron frías, porque yo mismo siempre lo fui. Pero poco a poco, sin darnos cuenta, mis manos, al igual que mi alma, se fueron calentando de tanto unirlas a las tuyas. Poco a poco me fuiste dando calor con ese fuego que algunos llaman amor. Poco a poco me hiciste vivir, sentir, hacerme ver que la vida era algo que valía la pena sentir, que ser de piedra no compensa cuando los golpes duelen igual pero te pierdes lo mejor de este mundo.
Lástima, querida, que no me diese cuenta que el esfuerzo que hiciste para mantener vivo ese fuego dentro de mí, dentro del hombre más frío que jamás conociste, dentro de “Ice Man”, como en ocasiones me llamaba a mi mismo, provocando tu sonrisa. Lástima que, para que ese fuego siguiera vivo dentro de mí y me diese la vida, tuvieses que sacrificar el tuyo. Siempre te he pedido perdón, y cuando menos te lo has esperado. Y tú nunca has sabido por qué. Y en realidad yo tampoco, hasta ahora mismo. Ahora me doy cuenta de que te pedía perdón por tu sacrificio, por haber dejado que tu fuego se apagara al estar demasiado pendiente del mío, un fuego que necesitaba más que nada en este mundo. Un fuego que, como el tuyo, se acabó apagando cuando dejaste de alimentarlo, un fuego que acabó yéndose, dejándome en la más oscura de todas las tinieblas que puedas imaginar.
Podría pasarme toda la vida pidiéndote perdón, y aun así no quedaría contento, porque sé que ningún “lo siento” podrá compensar todo lo que te hice sufrir. Pero no puedo hacerlo, así que desde aquí te digo que éste será el último y más sincero de mis “Perdóname”. Porque ahora que conozco el motivo por el que te pedí perdón durante tanto tiempo, no tiene sentido seguir repitiéndolo. No volverás a oírlo de ninguna de mis conversaciones, ni a escucharlo de mi voz. Lo siento. Espero que puedas, sepas y quieras perdonarme, aunque yo no lo hiciera en tu situación. Espero que seas mejor persona que yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario