Veo la televisión y allí están. Abro una revista y las tengo delante de mis ojos. En cualquier película, frente a mí. Son famosas, ricas, guapas. Tienen armarios llenos de ropa y zapatos, cientos de bolsos, más joyas de las que pueden ponerse. Son felices porque tienen todo lo que quieren con sólo chasquear los dedos, sin importar si es una copa de champagne o a Robert Pattinson, y si lo consiguen es porque son perfectas. Y yo sé que puedo tener todo lo que ellas tienen, ser la envidia de todas las mujeres, el anhelo de todos los hombres. Puedo ser perfecta.
Ellas, mis amigas, Siempre tan contentas y sonrientes, siempre de fiesta, dándolo todo. Y yo con ellas, obligada a ver sus cuerpos perfectos, a escuchar los piropos que los hombres dedican a sus esculturales figuras, a sus nalgas prietas, a su look femenino y delicado. Yo no puedo ponerme un vestido entallado, no importa si es un palabra de honor, un asimétrico o un cuello alto: en realidad, no puedo llevar vestidos, no tengo cuerpo para llevarlos. Siempre he sido la simpática de los vaqueros negros, pero ya no quiero serlo más. Quiero ser una más del grupo. Quiero ser perfecta.
Entro en Facebook y allí está. Entro en mi pub favorito y allí está. Entro en mi mente y allí está. Siempre rodeado de mujeres, más bellas que yo, más simpáticas, más delgadas. Y él las hace reír, les da una parte de él que nunca me da a mí, les da esperanza. No importa lo que haga por él, todas las señales que le mande, los tweets en los que le mencione: él nunca me prestará la atención que les presta a las demás, porque nunca me verá como a las demás. Él es perfecto, y si quiero darle lo que se merece debo ponerme a su altura. Necesito merecer su amor. Necesito ser perfecta.
Hay personas tan perfectas que me hacen reflexionar eso de para qué seguir. Y pienso en qué tengo, a qué me puedo aferrar... Pero no noto nada, tan sólo el vacío que acompaña a todos esos sentimientos que tanto odio. ¿No me come la conciencia? ¿No se me retuerce el estómago? Sólo necesito un segundo más para resistir, pero ni siquiera eso tengo aquí y ahora. Y es por eso que una vez más expulso sin querer mi miedo a estar bien, a ser quien quiero, a dejar de ser una adolescente gilipollas y superficial más en un mundo lleno de adolescentes gilipollas y superficiales.
Fracasé, una vez más. Y me encuentro allí, limpiando con mis manos sucias los restos que puedan quedar alrededor de mi boca mientras observo fijamente ese vómito lleno de oportunidades, de esperanza, de futuras alegrías... Ese vómito lleno de perfección.
01 diciembre, 2012
25 noviembre, 2012
No necesito nada
No necesito nada. Enterraría todos los coches lujosos, las mansiones en Miami, todo el dinero de los bancos. Olvidaría mis conocimientos sobre Derecho o sobre Psicología, y también mi talento literario. Prendería fuego a mis recuerdos y congelaría el mismo Tiempo para evitar que otros nuevos volvieran a nacer. Ardería todo el alcohol del mundo, destruiría toda esperanza, soltaría todas las verdades que nunca pude soltar. Me cortaría los brazos, las piernas o el pelo. Me lobotomizaría para no volver a sentir jamás un orgasmo, o el dolor que produce una cerilla quemándome los dedos uno detrás de otro. Enmudecería al planeta, rechazaría todo consejo, despediría a Dios por incompetente.
Toda melodía sería olvidada, todo cuadro enviado a la hoguera, toda escultura convertida en gravilla. Convertiría los rascacielos en casas, las casas en cuevas, las cuevas en polvo y el polvo en basura. Destruiría las estaciones, la belleza, la tecnología humana. Metería en una fosa llena de ácido todos los medicamentos del mundo, todos los ordenadores y todos los libros. Las matemáticas serían borradas de la faz de la Tierra, las ciencias desprestigiadas, las letras convertidas en borrones ininteligibles. Traicionaría a mis amigos, me entregaría a la policía estadounidense confesando ser miembro de Al-Qaeda, vendería mi planeta a los extraterrestres a precio de saldo. Hundiría los continentes, evaporaría los mares, enviaría misiles nucleares a destruir la misma Luna. Convertiría el cielo azul en blanco, transformaría la lluvia para convertirla en mierda apestosa, haría que la luz del Sol parpadease como la de una bombilla mal puesta. Acabaría con la solidaridad, con la compasión, con el cariño. Lo destruiría todo, hasta el punto de que nadie recordase nada, de que nadie pudiera siquiera imaginar que hubo nada bueno en esta roca insignificante que llaman Tierra.
Ahora mismo arrasaría todas las cosechas, contaminaría todo el aire y envenenaría toda el agua dulce del planeta, porque sé que no me hacen ninguna falta, que nada de lo anterior me interesa lo más mínimo si mi objetivo es seguir viviendo. En este momento, ni siquiera necesito amor. Tan sólo el abrazo de alguien a quien le importe un poquito, tan sólo un poquito, que lo único que necesite en este mundo sea un abrazo.
Toda melodía sería olvidada, todo cuadro enviado a la hoguera, toda escultura convertida en gravilla. Convertiría los rascacielos en casas, las casas en cuevas, las cuevas en polvo y el polvo en basura. Destruiría las estaciones, la belleza, la tecnología humana. Metería en una fosa llena de ácido todos los medicamentos del mundo, todos los ordenadores y todos los libros. Las matemáticas serían borradas de la faz de la Tierra, las ciencias desprestigiadas, las letras convertidas en borrones ininteligibles. Traicionaría a mis amigos, me entregaría a la policía estadounidense confesando ser miembro de Al-Qaeda, vendería mi planeta a los extraterrestres a precio de saldo. Hundiría los continentes, evaporaría los mares, enviaría misiles nucleares a destruir la misma Luna. Convertiría el cielo azul en blanco, transformaría la lluvia para convertirla en mierda apestosa, haría que la luz del Sol parpadease como la de una bombilla mal puesta. Acabaría con la solidaridad, con la compasión, con el cariño. Lo destruiría todo, hasta el punto de que nadie recordase nada, de que nadie pudiera siquiera imaginar que hubo nada bueno en esta roca insignificante que llaman Tierra.
Ahora mismo arrasaría todas las cosechas, contaminaría todo el aire y envenenaría toda el agua dulce del planeta, porque sé que no me hacen ninguna falta, que nada de lo anterior me interesa lo más mínimo si mi objetivo es seguir viviendo. En este momento, ni siquiera necesito amor. Tan sólo el abrazo de alguien a quien le importe un poquito, tan sólo un poquito, que lo único que necesite en este mundo sea un abrazo.
22 noviembre, 2012
La causa de que seas tan perfecta... y de que duermas sola todas las noches
¿Sabes? Los hombres como yo siempre ocultamos algo detrás de nuestra sonrisa. Tú lo sabías, y por eso nunca quisiste intentar nada conmigo. Porque aunque sabes que a tu lado yo podría haber sido el hombre más feliz del mundo, nunca habrías podido confiar del todo en mi sonrisa. Siempre habrías tenido la duda de si era real o fingida, de si de verdad yo sería feliz a tu lado o sólo estaría representando uno más de los cientos de papeles que he interpretado a lo largo de mi vida.
Y tú, la más insegura de las mujeres, no habrías soportado esa incertidumbre, esa duda de saber si de verdad era el hombre más feliz de la Tierra o tan sólo el mejor de los actores. Tú eres como un diamante: tan bella, tan frágil, tan única. Más valiosa que todo lo demás y, sin embargo, tan sólo te limitas a ser tú misma, a brillar por encima de todo lo que te rodea. Y una duda, una sola duda en algo tan grande como es el amor, habría podido quebrar tu espíritu casi sin darte cuenta, pero sin posibilidad de remisión. Y un diamante roto, como bien sabes, pierde mucho valor.
En momentos como éste recuerdo la diferencia de edad que nos separa. Tienes un alma cándida e inocente, producto de una vida pura y sin sobresaltos, sin riesgos innecesarios, sin experiencias dolorosas ni errores irreparables. No has conocido el amargor en esta vida, y es eso lo que te hace tan dulce. En toda tu vida, jamás te has sentido desdichada, porque te has cubierto bien las espaldas, creándote una coraza impenetrable para cualquier persona. Sin darte cuenta, querida, de que en esa coraza no pueden entrar el dolor, el sufrimiento o el llanto, pero tampoco la risa, la alegría o la auténtica felicidad.
Nunca has querido sentir profundamente, nunca has conocido el amor verdadero. Y no por falta de oportunidades, sino porque le tienes miedo. Yo fui tu mejor opción de conocerlo y me rechazaste con excusas baratas, con recelos provenientes de una personalidad cauta hasta la insalubridad. Temes al amor, porque temes que te hagan daño y que algún día dejes de ser como eres, que el amor te cambie y te haga sentir cosas como inseguridad, celos o arrepentimiento. Temes sufrir, porque lo único que quieres es ser feliz siendo tú misma. Eso fue lo que me enamoró de ti, la causa de que seas tan maravillosa, tan grande, tan perfecta... y de que duermas sola todas las noches.
Y tú, la más insegura de las mujeres, no habrías soportado esa incertidumbre, esa duda de saber si de verdad era el hombre más feliz de la Tierra o tan sólo el mejor de los actores. Tú eres como un diamante: tan bella, tan frágil, tan única. Más valiosa que todo lo demás y, sin embargo, tan sólo te limitas a ser tú misma, a brillar por encima de todo lo que te rodea. Y una duda, una sola duda en algo tan grande como es el amor, habría podido quebrar tu espíritu casi sin darte cuenta, pero sin posibilidad de remisión. Y un diamante roto, como bien sabes, pierde mucho valor.
En momentos como éste recuerdo la diferencia de edad que nos separa. Tienes un alma cándida e inocente, producto de una vida pura y sin sobresaltos, sin riesgos innecesarios, sin experiencias dolorosas ni errores irreparables. No has conocido el amargor en esta vida, y es eso lo que te hace tan dulce. En toda tu vida, jamás te has sentido desdichada, porque te has cubierto bien las espaldas, creándote una coraza impenetrable para cualquier persona. Sin darte cuenta, querida, de que en esa coraza no pueden entrar el dolor, el sufrimiento o el llanto, pero tampoco la risa, la alegría o la auténtica felicidad.
Nunca has querido sentir profundamente, nunca has conocido el amor verdadero. Y no por falta de oportunidades, sino porque le tienes miedo. Yo fui tu mejor opción de conocerlo y me rechazaste con excusas baratas, con recelos provenientes de una personalidad cauta hasta la insalubridad. Temes al amor, porque temes que te hagan daño y que algún día dejes de ser como eres, que el amor te cambie y te haga sentir cosas como inseguridad, celos o arrepentimiento. Temes sufrir, porque lo único que quieres es ser feliz siendo tú misma. Eso fue lo que me enamoró de ti, la causa de que seas tan maravillosa, tan grande, tan perfecta... y de que duermas sola todas las noches.
15 noviembre, 2012
Todo el mundo está enganchado a algo
Todo el mundo está enganchado a algo. Unos al tabaco, otros a la marihuana. Están los que nada más despertarse necesitan una taza de café y también los que no pueden acostarse sin escribir un #TwitterOff. Algunos beben whisky para olvidar casi con la misma necesidad con las que otros miran fotografías para recordar. Hay gente que no puede evitar leer compulsivamente las historias que otras personas escriben, mientras que otros reciben ese subidón al ser ellos quienes crean a su antojo mundos imaginarios a través de la pluma y el papel. Una telenovela, videojuegos, heroína: qué más da. Todo el mundo necesita algo a lo que agarrarse.
Yo estoy enganchado a tus abrazos. A tus delicados besos, a tus juegos infantiles, a tu mirada indiscreta. A tus a veces dolorosos mordiscos en el cuello, a tus palabras inventadas, a tu sonrisa perfecta. A tu chaquetón amarillo, a tu única falda, a tu vestido blanco y negro. A tu perfume a veces empalagoso, a tus cosquillas malignas, a tu risa cargada de vida. A tus "Hola :D", tus "¿Qué tengo yo que no tenga nadie más?", a tus "Te quiero". A todo lo que eres, todo lo que fuiste y todo lo que serás... perdón: todo lo que seremos.
Todo el mundo está enganchado a algo. ¿Sabes? Yo estoy enganchado a ti.
Yo estoy enganchado a tus abrazos. A tus delicados besos, a tus juegos infantiles, a tu mirada indiscreta. A tus a veces dolorosos mordiscos en el cuello, a tus palabras inventadas, a tu sonrisa perfecta. A tu chaquetón amarillo, a tu única falda, a tu vestido blanco y negro. A tu perfume a veces empalagoso, a tus cosquillas malignas, a tu risa cargada de vida. A tus "Hola :D", tus "¿Qué tengo yo que no tenga nadie más?", a tus "Te quiero". A todo lo que eres, todo lo que fuiste y todo lo que serás... perdón: todo lo que seremos.
Todo el mundo está enganchado a algo. ¿Sabes? Yo estoy enganchado a ti.
07 noviembre, 2012
No podemos dejar de ser como somos
—Yo solo busco a alguien que esté siempre ahí. Alguien que me apoye en lo bueno y en lo malo, que me haga reír cuando esté llorando, que si está a punto de atropellarme un camión corra y me empuje para salvarme. Yo solo quiero a alguien que de la vida entera por mí.
—Eso es mentira.
—¿Cómo que es mentira? ¿Por qué dices eso?
—Porque si eso fuera así llevarías años enamorada de mí.
—Eso...
—Eso es la verdad. Así sois las mujeres ¿sabes? Decís que no os importa tanto el físico como a nosotros, que sois más profundas, más sensibles, más todo. pero a la hora de la verdad, ¿qué? Mírate, llorando por un hombre que no te merece pero que está bueno mientras que yo estoy aquí, dándote todo eso que dices que buscas para que tú te suenes los mocos con ello como si fuera un puto pañuelo de papel. Decís que buscáis a un hombre que os haga reír, que os haga sentir especiales, que os comprenda... ¿Pues sabes qué? Tú has tenido a un príncipe azul delante de tus ojos durante dos largos años, pero este príncipe ya se ha cansado. Deberías haber llamado a tu mierda cubierta de purpurina, y no a este gilipollas que ya está cansado de ser tu amigo y solo tu amigo.
Y entonces salí de aquella casa con un portazo, consciente de que me arrepentiría de aquellas palabras como no me había arrepentido de nada hasta ese momento, de que más tarde o más temprano volvería y le pediría perdón, de que volvería a ser ese hombre perfecto que todas dicen querer pero que a la hora de la verdad ninguna escoge. Y es que los príncipes azules, por mucho que lo intentemos, no podemos dejar de ser como somos.
—Eso es mentira.
—¿Cómo que es mentira? ¿Por qué dices eso?
—Porque si eso fuera así llevarías años enamorada de mí.
—Eso...
—Eso es la verdad. Así sois las mujeres ¿sabes? Decís que no os importa tanto el físico como a nosotros, que sois más profundas, más sensibles, más todo. pero a la hora de la verdad, ¿qué? Mírate, llorando por un hombre que no te merece pero que está bueno mientras que yo estoy aquí, dándote todo eso que dices que buscas para que tú te suenes los mocos con ello como si fuera un puto pañuelo de papel. Decís que buscáis a un hombre que os haga reír, que os haga sentir especiales, que os comprenda... ¿Pues sabes qué? Tú has tenido a un príncipe azul delante de tus ojos durante dos largos años, pero este príncipe ya se ha cansado. Deberías haber llamado a tu mierda cubierta de purpurina, y no a este gilipollas que ya está cansado de ser tu amigo y solo tu amigo.
Y entonces salí de aquella casa con un portazo, consciente de que me arrepentiría de aquellas palabras como no me había arrepentido de nada hasta ese momento, de que más tarde o más temprano volvería y le pediría perdón, de que volvería a ser ese hombre perfecto que todas dicen querer pero que a la hora de la verdad ninguna escoge. Y es que los príncipes azules, por mucho que lo intentemos, no podemos dejar de ser como somos.
28 octubre, 2012
Amable desconocida
Tenía una sonrisa amable y gentil. Me saludó al sentarse junto a mí en aquel tren lleno de gente, y fue algo que me sorprendió gratamente, puesto que en mis tres años viajando es algo que jamás me había ocurrido. Es triste, pero la gente había perdido los modales hacía mucho tiempo.
Ella era una excepción, pero no solo en ello. También era rubia natural, algo poco común en mi región, llena de castaños oscuro y negros azabache. Nada más sentarse junto a mí, cogió su móvil y realizó una operación que no alcancé a ver, aunque probablemente simplemente lo silenciara para centrarse en su siguiente actividad: tomar apuntes de Historia del Derecho.
Desconocía su nombre, aunque me recordaba mucho a mi amiga Blanca. Si tuviera que elegir un nombre para ella escogería ese mismo, o tal vez Rocío. Algo que expresase pureza de alma, un nombre claro y limpio, tanto como el pelo rubio que tenía. Otras mujeres se acarician el pelo, se lo tocan nerviosas mientra estudian: ella no. En ocasiones se llevaba su mano derecha a la boca, pero no era más que un acto involuntario, una manía de tantas. Un gesto que la llevase a concentrarse en su libro, una forma inconsciente de auto-hipnosis que la ayudase a abstraerse del traqueteo de ese tren que a algunos mece y a otros revuelve el estómago.
Sin duda era una amante del orden y la limpieza: no lo digo tan sólo por su forma de tomar apuntes, directa y sin fisuras, sino por los diferentes post-it que tenía para tomar notas. Diferentes colores, diferentes formas, diferentes tamaños. Mi conocimiento del mundo universitario me sugería que me encontraba ante una estudiante de primer año, pero realmente aparentaba tener algunos años por encima de dieciocho. Haría una estimación, pero siempre he sido algo nulo adivinando la edad de la gente en base a su apariencia.
No me cabía la menor duda, fijándome en su rostro concentrado en sus apuntes, que era una mujer capaz de ponerse seria cuando la situación así lo requiriese, poco amiga de las interrupciones innecesarias cuando se sumergía en el estudio. Tal vez por eso no me atreví a preguntarle su nombre. Sin embargo, su mochila de Mickey Mouse y su cartuchera, adornada por dos adorables caras de gatitos, me indicaba que no renunciaba a su inocencia, que a pesar de todo seguía siendo en el fondo, como cualquier persona inteligente, una niña atrapada en un cuerpo cada vez más adulto.
Parecía una chica aplicada y estudiosa con un fondo ingenuo y divertido, y sin duda hacía honor a ese look. Su rebeca rosa combinaba perfectamente con su tono de pelo, y es que siempre he dicho que el color rosa le sienta de maravilla a las rubias. Una de dos: o tenía un buen gusto innato o era una entendida en moda. En cualquier caso, su elección no pudo ser más acertada. Como la de decirme un "Hola" que no olvidaré en todos los días de mi vida.
Ella era una excepción, pero no solo en ello. También era rubia natural, algo poco común en mi región, llena de castaños oscuro y negros azabache. Nada más sentarse junto a mí, cogió su móvil y realizó una operación que no alcancé a ver, aunque probablemente simplemente lo silenciara para centrarse en su siguiente actividad: tomar apuntes de Historia del Derecho.
Desconocía su nombre, aunque me recordaba mucho a mi amiga Blanca. Si tuviera que elegir un nombre para ella escogería ese mismo, o tal vez Rocío. Algo que expresase pureza de alma, un nombre claro y limpio, tanto como el pelo rubio que tenía. Otras mujeres se acarician el pelo, se lo tocan nerviosas mientra estudian: ella no. En ocasiones se llevaba su mano derecha a la boca, pero no era más que un acto involuntario, una manía de tantas. Un gesto que la llevase a concentrarse en su libro, una forma inconsciente de auto-hipnosis que la ayudase a abstraerse del traqueteo de ese tren que a algunos mece y a otros revuelve el estómago.
Sin duda era una amante del orden y la limpieza: no lo digo tan sólo por su forma de tomar apuntes, directa y sin fisuras, sino por los diferentes post-it que tenía para tomar notas. Diferentes colores, diferentes formas, diferentes tamaños. Mi conocimiento del mundo universitario me sugería que me encontraba ante una estudiante de primer año, pero realmente aparentaba tener algunos años por encima de dieciocho. Haría una estimación, pero siempre he sido algo nulo adivinando la edad de la gente en base a su apariencia.
No me cabía la menor duda, fijándome en su rostro concentrado en sus apuntes, que era una mujer capaz de ponerse seria cuando la situación así lo requiriese, poco amiga de las interrupciones innecesarias cuando se sumergía en el estudio. Tal vez por eso no me atreví a preguntarle su nombre. Sin embargo, su mochila de Mickey Mouse y su cartuchera, adornada por dos adorables caras de gatitos, me indicaba que no renunciaba a su inocencia, que a pesar de todo seguía siendo en el fondo, como cualquier persona inteligente, una niña atrapada en un cuerpo cada vez más adulto.
Parecía una chica aplicada y estudiosa con un fondo ingenuo y divertido, y sin duda hacía honor a ese look. Su rebeca rosa combinaba perfectamente con su tono de pelo, y es que siempre he dicho que el color rosa le sienta de maravilla a las rubias. Una de dos: o tenía un buen gusto innato o era una entendida en moda. En cualquier caso, su elección no pudo ser más acertada. Como la de decirme un "Hola" que no olvidaré en todos los días de mi vida.
22 octubre, 2012
No lo sé y no me importa
La ciudad está triste y yo soy más feliz que nunca. Corro por el centro de la carretera, mientras la fina lluvia me empapa hasta los huesos y abre camino para que virus y bacterias me ataquen sin piedad. Comienzo a notar la fiebre, pero no sé si porque comienzo a incubar una enfermedad o porque de verdad estoy on fire. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero correr y gritar como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre.
No hay nadie en esta ciudad. Son las cuatro de la noche, y esa larga avenida es mi escenario particular. Corro, grito, bailo a placer: nadie hay que puede llamarme loco, y si me lo llaman qué más da, tal vez lo esté. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero cantar bajo la lluvia mientras avanzo por las calles desiertas, como en un videoclip que no quisiera que acabase nunca.
Estoy enfermo y lo sé. Y no hablo de la fiebre, hablo de mi mente. Amo el mundo, amo sus calles, me amo a mí mismo y a todos los seres de la creación. Nadie puede sentir eso por un mundo enfermo como éste, o al menos eso dicen. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero abrazar a la gente que quiero, que no es sino toda, y gritarles que el mundo puede ser un lugar tan maravilloso como cualquiera de esos en los que se encierran, esos que crean con sus imperfectas mentes.
Me siento lleno de energía. Llevo casi treinta minutos corriendo sin parar, y no aparece el cansancio. Dopamina, adrenalina y endorfinas varias son segregadas a chorro por mi cerebro, sin control. Demasiada felicidad para disfrutarla, tan sólo puedo sentir cómo me sobrepasa. Mi corazón late tan deprisa que mi pecho duele y mis piernas tiemblan, así como todo mi cuerpo, aunque eso tal vez sea consecuencia del agua que empapa cada centímetro de mi cuerpo. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero vivir, sentir, entregarme al mundo y que el mundo haga conmigo lo que quiera.
Sé que lo que siento es irreal, un fallo de mi enfermo y sobrecalentado cerebro, al que algunas conexiones ya comienzan a fallar. Sé que tan sólo ha sido un golpe de suerte, que podría haber sido un ataque de ansiedad en lugar de uno de euforia, pero no me importa. Tan sólo quiero exprimir este momento hasta la última gota y beberlo sin respirar. Como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre. Como si, de verdad, esta ciudad fuera completamente mía.
No hay nadie en esta ciudad. Son las cuatro de la noche, y esa larga avenida es mi escenario particular. Corro, grito, bailo a placer: nadie hay que puede llamarme loco, y si me lo llaman qué más da, tal vez lo esté. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero cantar bajo la lluvia mientras avanzo por las calles desiertas, como en un videoclip que no quisiera que acabase nunca.
Estoy enfermo y lo sé. Y no hablo de la fiebre, hablo de mi mente. Amo el mundo, amo sus calles, me amo a mí mismo y a todos los seres de la creación. Nadie puede sentir eso por un mundo enfermo como éste, o al menos eso dicen. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero abrazar a la gente que quiero, que no es sino toda, y gritarles que el mundo puede ser un lugar tan maravilloso como cualquiera de esos en los que se encierran, esos que crean con sus imperfectas mentes.
Me siento lleno de energía. Llevo casi treinta minutos corriendo sin parar, y no aparece el cansancio. Dopamina, adrenalina y endorfinas varias son segregadas a chorro por mi cerebro, sin control. Demasiada felicidad para disfrutarla, tan sólo puedo sentir cómo me sobrepasa. Mi corazón late tan deprisa que mi pecho duele y mis piernas tiemblan, así como todo mi cuerpo, aunque eso tal vez sea consecuencia del agua que empapa cada centímetro de mi cuerpo. No lo sé y no me importa. Tan sólo quiero vivir, sentir, entregarme al mundo y que el mundo haga conmigo lo que quiera.
Sé que lo que siento es irreal, un fallo de mi enfermo y sobrecalentado cerebro, al que algunas conexiones ya comienzan a fallar. Sé que tan sólo ha sido un golpe de suerte, que podría haber sido un ataque de ansiedad en lugar de uno de euforia, pero no me importa. Tan sólo quiero exprimir este momento hasta la última gota y beberlo sin respirar. Como si no existiera un mañana, como si este momento fuese a durar para siempre. Como si, de verdad, esta ciudad fuera completamente mía.
15 octubre, 2012
¿Estás bien?
—¿Estás bien?
Qué curiosa pregunta. Si has visto lo que ha sucedido ahí fuera, has visto mi cara desencajada, me has oído vomitar, ¿para qué preguntas? ¿Dudas de que esté hecho una mierda o qué? ¿Esperas que te diga que estoy bien para no tener que preocuparte, verdad? ¡Vete al carajo!
—Sí, no te preocupes. Vete.
Se fue y me dejó completamente solo en aquel sucio baño. Me sobrevino otra arcada y expulsé algo más. Tenía un sabor amargo y un color amarillento. Bilis. No era la primera vez que lo vomitaba.
Dios, qué asco. No hay nada que sacar y sin embargo siguen saliendo fluidos de mi boca. Bueno, al menos no sale sangre. Debería ir al médico, pero para qué: mi problema no es de los que se curan con un jarabe.
No era más que la venganza de mi alma contra mi mente y mi cuerpo. Su rebelión ante mi inacción, ante los golpes que se llevaba cada día sin que yo me rebelase y dijese "Hasta aquí hemos llegado".
Era su golpe de gracia antes de que los pocos trozos que pudieran quedar de ella se convirtieran en polvo, en aire, en nada. Todo el dolor que llevaba soportando tantos años, devueltos de una vez de la forma más cruel y despiadada que se pudiera conocer: en forma de miedo absoluto.
Mi mayor terror, una vez más frente a mí. Sin armas, sin escudos, sin un mísero escupitajo que lanzarle a su perra ara. Había vuelto, y sin forma de hacerle huir, tan solo podía salir ahí afuera una vez más, enfrentarme a él cara a cara y dejar que me destruyera de una vez por todas.
Qué más me daba. De todas formas, no viviría para ver el amanecer una vez más.
Qué curiosa pregunta. Si has visto lo que ha sucedido ahí fuera, has visto mi cara desencajada, me has oído vomitar, ¿para qué preguntas? ¿Dudas de que esté hecho una mierda o qué? ¿Esperas que te diga que estoy bien para no tener que preocuparte, verdad? ¡Vete al carajo!
—Sí, no te preocupes. Vete.
Se fue y me dejó completamente solo en aquel sucio baño. Me sobrevino otra arcada y expulsé algo más. Tenía un sabor amargo y un color amarillento. Bilis. No era la primera vez que lo vomitaba.
Dios, qué asco. No hay nada que sacar y sin embargo siguen saliendo fluidos de mi boca. Bueno, al menos no sale sangre. Debería ir al médico, pero para qué: mi problema no es de los que se curan con un jarabe.
No era más que la venganza de mi alma contra mi mente y mi cuerpo. Su rebelión ante mi inacción, ante los golpes que se llevaba cada día sin que yo me rebelase y dijese "Hasta aquí hemos llegado".
Era su golpe de gracia antes de que los pocos trozos que pudieran quedar de ella se convirtieran en polvo, en aire, en nada. Todo el dolor que llevaba soportando tantos años, devueltos de una vez de la forma más cruel y despiadada que se pudiera conocer: en forma de miedo absoluto.
Mi mayor terror, una vez más frente a mí. Sin armas, sin escudos, sin un mísero escupitajo que lanzarle a su perra ara. Había vuelto, y sin forma de hacerle huir, tan solo podía salir ahí afuera una vez más, enfrentarme a él cara a cara y dejar que me destruyera de una vez por todas.
Qué más me daba. De todas formas, no viviría para ver el amanecer una vez más.
09 octubre, 2012
¿Conoces a alguien así?
¿Conoces a alguien así? Alguien atento, cariñoso, amable. Siempre con una sonrisa en los labios y que siempre consigue que tengas una en los tuyos. Alguien que sabe escuchar, que quiere escuchar, que coge tus problemas y los convierte en polvo, en aire, en nada. Esa persona especial que te hace sentir especial, que coge tu pesada autoestima, esa tan cargada de errores que no hay forma de levantarla, y la hace volar como si fuera un liviano globo de helio. Alguien a quien recurrir cuando estás mal, alguien en quien confías de verdad y que ha sabido llegar hasta lo más profundo de tu corazón sin ni siquiera darte cuenta. Alguien que siempre sabe qué decir y lo que es más importante: cómo decirlo. Alguien que te devuelva la fe en la raza humana.
¿Conoces a alguien así? Yo sí. Ese soy yo. Un tío maravilloso, de esas personas que cuanto peor están, más intentan que los demás se sientan mejor. Demasiado increíble para ser real, demasiado perfecto. Cuántos hombres me habrán dado su mano con firmeza, agradecidos por mis sabios consejos. Cuántas mujeres me habrán mirado con admiración, cuántas habrán sonreído gracias a mí minutos después de haber llorado como nunca. ¿Cuántas veces habré oído la frase "Los tíos como tú o tienen novia o son gays"?
¿Y de qué me ha servido todo eso? ¿Tanta comprensión, tanta amabilidad, tantas verdades convenientes? De nada. Esta noche me encuentro totalmente solo, sin nadie que me escuche y me diga que no soy tan mala persona. Toda esa gente comprensiva, todos esos agradecimientos y todos los "Estoy aquí para lo que necesites", ¿para qué? Docenas de personas que me acusan de no confiar en ellas, de guardarme mis sentimientos hasta hacerme daño, de sacrificarme en beneficio de ¿qué? Si ni siquiera yo lo sé, ¿cómo pueden pretender saberlo ellos? Me gustaría poder hablar con alguna de esas personas, las que siempre estarán ahí, pero no puedo permitirme que caigan junto a mí. Demasiado blandos o demasiado duros: nadie se parece a mí. Es lo malo de ser esa persona tan especial: que todos pueden llamar a una menos tú. Soy demasiado buena gente. Mi bondad acabará conmigo.
Ojalá fuera una cuestión de confianza. Bueno, en realidad lo es, pero no es confianza en los demás lo que necesito, sino confianza en mí mismo. Es confianza en que mi vida pueda tener un valor más allá de mi sonrisa, en que alguno de mis actos pueda valer algo más que mis palabras, en que pueda apoyarme en alguien sin que caiga al suelo, aplastado por tantas y tan pesadas cargas emocionales. Las mías y las de los demás, cargas de las que no puedo deshacerme, puesto que ellas me definen, me hacen ser quien soy: ese superhéroe a quien pides auxilio cuando te encuentras en peligro, sin importarle nada que no sea ayudarte. Pero, ¿y si fuera al contrario? Nadie acudiría a mi llamada si no supieran que responderla les beneficia a ellos más que a mí. No se puede eliminar el egoísmo de la ecuación.
Estoy desencantado del mundo, de sus personas, de toda la gente que conozco. Odio que la gente en la que confío no me escuche, sino que haga como que lo hace y al día siguiente olviden lo sucedido. Odio decepcionarme tanto, pero lo que odio de verdad es que lo llego hasta a entender: nadie quiere saber que la persona que siempre está en pie, aguantando los golpes de la vida, a veces pierde sus propias luchas por KO Técnico. Cuando tienes un pilar que siempre aguanta, un clavo al que siempre te puedes agarrar, te niegas a mirar cuando lo ves ceder: simplemente, miras a otro lado hasta que vuelve a su sitio. Es una reacción humana de lo más lógica. Por eso siempre he odiado la lógica. Y las reacciones humanas.
¿Conoces a alguien así? Yo sí. Ese soy yo. Un tío maravilloso, de esas personas que cuanto peor están, más intentan que los demás se sientan mejor. Demasiado increíble para ser real, demasiado perfecto. Cuántos hombres me habrán dado su mano con firmeza, agradecidos por mis sabios consejos. Cuántas mujeres me habrán mirado con admiración, cuántas habrán sonreído gracias a mí minutos después de haber llorado como nunca. ¿Cuántas veces habré oído la frase "Los tíos como tú o tienen novia o son gays"?
¿Y de qué me ha servido todo eso? ¿Tanta comprensión, tanta amabilidad, tantas verdades convenientes? De nada. Esta noche me encuentro totalmente solo, sin nadie que me escuche y me diga que no soy tan mala persona. Toda esa gente comprensiva, todos esos agradecimientos y todos los "Estoy aquí para lo que necesites", ¿para qué? Docenas de personas que me acusan de no confiar en ellas, de guardarme mis sentimientos hasta hacerme daño, de sacrificarme en beneficio de ¿qué? Si ni siquiera yo lo sé, ¿cómo pueden pretender saberlo ellos? Me gustaría poder hablar con alguna de esas personas, las que siempre estarán ahí, pero no puedo permitirme que caigan junto a mí. Demasiado blandos o demasiado duros: nadie se parece a mí. Es lo malo de ser esa persona tan especial: que todos pueden llamar a una menos tú. Soy demasiado buena gente. Mi bondad acabará conmigo.
Ojalá fuera una cuestión de confianza. Bueno, en realidad lo es, pero no es confianza en los demás lo que necesito, sino confianza en mí mismo. Es confianza en que mi vida pueda tener un valor más allá de mi sonrisa, en que alguno de mis actos pueda valer algo más que mis palabras, en que pueda apoyarme en alguien sin que caiga al suelo, aplastado por tantas y tan pesadas cargas emocionales. Las mías y las de los demás, cargas de las que no puedo deshacerme, puesto que ellas me definen, me hacen ser quien soy: ese superhéroe a quien pides auxilio cuando te encuentras en peligro, sin importarle nada que no sea ayudarte. Pero, ¿y si fuera al contrario? Nadie acudiría a mi llamada si no supieran que responderla les beneficia a ellos más que a mí. No se puede eliminar el egoísmo de la ecuación.
Estoy desencantado del mundo, de sus personas, de toda la gente que conozco. Odio que la gente en la que confío no me escuche, sino que haga como que lo hace y al día siguiente olviden lo sucedido. Odio decepcionarme tanto, pero lo que odio de verdad es que lo llego hasta a entender: nadie quiere saber que la persona que siempre está en pie, aguantando los golpes de la vida, a veces pierde sus propias luchas por KO Técnico. Cuando tienes un pilar que siempre aguanta, un clavo al que siempre te puedes agarrar, te niegas a mirar cuando lo ves ceder: simplemente, miras a otro lado hasta que vuelve a su sitio. Es una reacción humana de lo más lógica. Por eso siempre he odiado la lógica. Y las reacciones humanas.
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